Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hablar de impuestos siempre pone a la gente, a ricos y pobres, carilargos y desconfiados porque, cosa rara, se está de acuerdo con los impuestos para los otros y en contra de los que le toca a uno pagar.
Lo anterior aderezado con la creencia ciudadana, que mucho tiene de verdad, de que esa plata se la devora la ineficiencia estatal, el clientelismo rampante y una corrupción que parecería que está acabando con el mundo, no solo con Colombia, donde se ha disparado porque el país ya tiene una “economía de ingreso medio”, con más plata para robar, mientras que el Estado neoliberal se dedicó a los grandes negocios, vendiendo hasta lo que no tiene y contratando hasta la servida de los tintos.
Colombia necesita dotarse de un instrumento tributario eficiente porque el llamado postconflicto, según lo acordado en La Habana, exigirá inversiones gigantescas pero necesarias, que comprometerán de manera significativa los presupuestos de al menos los próximos diez años, a la par que nuestra capacidad de endeudamiento internacional, pues el real apoyo económico que reciba el país, no será con dineros para financiar acciones específicas y puntuales, sino con créditos significativos y en condiciones favorables para financiar transformaciones que de tiempo atrás el país reclama y a las cuales la coyuntura de las negociaciones Habaneras finalmente les otorgaron la prioridad que antes nunca se les había concedido.
El proyecto de reforma tributaria que el gobierno tardíamente acaba de presentar y que pretende que el Congreso le acepte a pupitrazo limpio no tiene nada de estructural ni de innovador. Lo más importante que ésta busca es llenar el hueco producto de la caída de los precios del crudo y corregir algunos de los exabruptos de la anterior norma tributaria. Una situación preocupante de cara al horizonte de financiación del próximo postconflicto hoy más oscuro que el de los ajustes postplebiscitarios de los textos, que avanzan bien.
La reforma propone un respiro para las empresas principales generadores de riqueza y empleo, especialmente las pequeñas y medianas. Asunto crucial en las condiciones actuales de nuestra economía, que requiere recuperar y fortalecer la capacidad de producción del sistema económico para tener más gente trabajando en condiciones dignas, un mercado abastecido con producción nacional - industrial, agropecuaria y de servicios - como condición para reequilibrar la balanza comercial agobiada por un exceso de importaciones, muchas de ellas innecesarias e inconvenientes social y económicamente. El resultado será un ingreso nacional mayor y más sólido, menos especulativo que el petrolero, que le permitirá al Estado mayores y más sólidos ingresos para financiar la tarea de al menos los próximos diez años.
Es una propuesta muy tímida en cuanto al propósito de que sea de verdad progresiva, lo cual exigiría por ejemplo que los mayores ingresos, sobre todo los del curubito del 1%, paguen más no solo en proporción a lo que reciben sino a sus responsabilidades con un país que ha sido determinante para la construcción y preservación/acrecentamiento de sus fortunas. Progresividad tributaria que es el fundamento económico de la búsqueda de una mayor equidad en la sociedad, corazón de las transformaciones del postconflicto; ese camino quedó apenas desbrozado.
Por el contrario, el proyecto le mete la mano, y duro, a la clase media baja para que tribute más al reducirle el tope del ingreso gravable y establecer un impuesto único a tenderos y peluqueras. Siguen buscando el ahogado aguas arriba si de lo que se trata es de aumentar los ingresos gravables y el universo de los declarantes, pues mientras tanto las exenciones y deducciones se mantienen arrollando lo poco que de progresivo y equitativo tiene nuestro sistema tributario, y los grandes ingresos siguen pagando, sin justificación alguna, solo una fracción de lo que en justicia y en conveniencia social (y política) deberían pagar, sobre todo en estas especiales circunstancias que vive el país. Si hubo un tributo especial de los más ricos para financiar la guerra, es apenas de lógica y de justicia que hagan un esfuerzo financiero adicional para financiar la paz, de lo cual, por lo demás depende, y mucho, la salud futura de sus negocios; odio la expresión pero es verdad, la paz es económicamente más rentable que la guerra.
