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La utopía de la sociedad virtuosa

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Juan Manuel Ospina
15 de enero de 2014 - 11:00 p. m.
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“Ajustes histéricos a la legislación”, fue la manera como el columnista Mauricio Rubio se refirió a la Ley contra los borrachos.

El Fiscal Montealegre la calificó como de “populismo punitivo” y el antropólogo Elías Sevilla Casas identificó su origen como  “hija del fundamentalismo radical evangélico”, nuestra más reciente y peligrosa importación ideológica de los Estados Unidos.

En los años veinte del siglo pasado, esa mentalidad pseudo moralizante impuso en ese país la prohibición del consumo de alcohol, cuyo  resultado fue  la aparición y consolidación  del verdadero demonio, del verdadero enemigo de la sociedad y de “las buenas costumbres” a las que ilusamente pretendían proteger. Nació entonces la Mafia, el crimen organizado que desde entonces está presente en la vida y la política norteamericana y que llegó hasta nosotros con el narcotráfico,  otro hijo de la hipócrita e inefectiva  ideología prohibicionista anglo- evangélica.

El uso de drogas psicotrópicas es tan viejo como la humanidad misma y las reacciones, los reflejos prohibicionistas al interior de la sociedad son también de vieja data. Ambas cambian según las culturas y los tiempos, pero permanecen en su esencia. El consumo está ligado a muchos factores a muchas y variadas razones y circunstancias propias de la frágil condición humana.  Cuando su uso se vuelve una adicción, se transforma en un asunto de salud pública y de educación, como empiezan a aceptarlo hasta los más intransigentes de los prohibicionistas, hasta ahora creyentes fervientes del “poder salvífico” del castigo.

Podrían  Igualmente  citarse muchas razones de la mentalidad prohibicionista. La fundamental  es el miedo a lo diferente, a lo desconocido, a lo que no controlo, a lo que siento que me amenaza, que violenta mi forma de vida, mis valores. Miedos que convierten al que percibo como diferente, en mi enemigo; él  es  malo (obviamente yo soy el bueno, el amenazado)  y  se debe castigar. El escenario del prohibicionismo es  maniqueo, no acepta las diferencias,  excluye la posibilidad de comprender, de educar, de corregir (“el arrepentimiento del pecador”) y solo deja la salida de  la severidad del castigo del culpable, del malo,  un anticipo “del fuego eterno”.

Los extremos ideológicos son ambos  autoritarios, controlados  por unos personajes  iluminados, borrachos de ideología centrados en   imponerles a sus conciudadanos su ilusión obsesiva, muchas veces delirantes, de comportamientos ideales. Ambos extremismos manejan proyectos de reingeniería del hombre y de la sociedad. Para la extrema izquierda  es la reingeniería de la sociedad que desembocó en  las pesadillas estalinistas, maoístas, polpotianas y más recientemente, la norcoreana. La extrema derecha moralizante  se propone a punta de castigos y de prohibiciones  liberar, al hombre de las garras del mal, del vicio.

La Ley 1696 es hija  de esta visión maniquea, acogida por algunos congresistas tal vez porque creen que su voto les servirá en las elecciones de Marzo, dóciles a las voces populistas  de medios radiales y su campaña  la persecución a los conductores que hayan cometido el crimen de tomarse dos cervezas o una copa de vino. La Ley  establece que con niveles de alcohol superiores  a 2 miligramos por decilitro de sangre se es ya un peligro social que debe ser castigado. El indicador mundial y el acogido por  la Organización Mundial de la Salud es de 5, dos veces y medio el establecido por nuestros acuciosos legisladores y 4 veces el vigente  en los Estados Unidos. Esta no está sustentada en datos técnicos ni en la experiencia internacional porque es simplemente la expresión de la hipocresía y el  falso moralismo que se ha tomado el discurso y las políticas públicas.

Mientras tanto avanza incontenible la corrupción y se resquebraja el sentido de la solidaridad  y la responsabilidad ciudadana que ponen en peligro las libertades ciudadanas y a  la democracia misma. Ya lo advertía el General Palomino, Director General de la Policía, el pasado 19 de Diciembre en Caracol, con la ley expedida “…se van a incrementar las seducciones (sic) para que (los policías) cambien, modifiquen o alteren su procedimiento…”. Como en tiempos de la prohibición en Norte América, nuestros moralistas criollos van a obtener resultados contrarios a “sus piadosos” propósitos moralizantes. 

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