Las sucesivas derrotas que nos ha propinado Nicaragua en la Corte Internacional de Justicia no son el fruto de oscuras maquinaciones o de la mala suerte, sino un resultado esperable de la manera como los colombianos asumimos la realidad, fantasiosa, irreal si se quiere.
Para unos, generalmente los sectores cercanos al poder o los sectores medios que empiezan a saborear o al menos a vislumbrar las mieles de una vida mejor, parece como si acá se viviera un cuento rosa (“somos el país más feliz del mundo”); que la paz para lograrla basta con quererla – sin sacrificios ni compromisos de parte y parte -; que nuestra economía es la más sólida y dinámica del continente y nuestros ministros de Hacienda los mejores; que nadamos en medio de la abundancia de recursos naturales y tenemos para dar y convidar – alimentar al mundo y electrificar el continente -; que tenemos la democracia más estable, más sólida y más antigua de América Latina… En una palabra, que somos la sucursal del cielo.
Para otros compatriotas, generalmente los críticos políticos e intelectuales del “régimen” imperante, somos lo peor: los más injustos, los más desiguales social y económicamente, los más corruptos, los más depredadores de nuestra naturaleza y recursos naturales; los más violentos; los más…
Las derrotas que nos ha propinado Nicaragua, nos han dado brutal y dolorosamente una lección para salir de este falso dilema que somos o lo mejor o lo peor. Ni lo uno ni lo otro; si no nos asumimos como somos, seguiremos dando palos de ciego y dando lora internacionalmente. Ante todo que debemos actuar a partir de realidades y no de fantasías, pues como nación, como pueblo no nos podemos creer más de lo que somos (pero tampoco menos); que los resultados son fruto de un trabajo continuado, con propósito y coherencia, y no de declaraciones altisonantes (en ocasiones en tono pendenciero) o acciones desesperadas e improvisadas, de “última hora”, que en vez de aclarar enredan, confunden, que debilitan y no fortalecen.
Nicaragua nos ha enseñado que los asuntos públicos, los intereses de la Nación, deben manejarse profesionalmente, que sus responsables no pueden ser simples aficionados, improvisadores y soberbios, cuya única “virtud” es su amistad o compromiso con el gobernante. En este punto, lo más crítico del país, aunque no el único, es su servicio diplomático que, sin exagerar, se puede calificar de mal chiste. Una diplomacia sin triunfos (¿el derecho de asilo cuando el caso de Haya de la Torre en Lima?) y llena de derrotas traducidas en pérdida de territorios (Panamá y Amazonia…) y mares. Consecuencia de un frágil concepto de soberanía territorial; históricamente no hemos los estados son ante todo una realidad territorial y que su primera obligación es ejercer su autoridad soberana sobre ese territorio.
Esa ausencia no solo condiciona nuestras relaciones y actuaciones internacionales, sino que al interior de nuestras fronteras hemos vivido a lo largo de los siglos un déficit permanente de presencia y autoridad del Estado en el conjunto del territorio nacional, mares incluidos, convirtiendo a Colombia en el paraíso mundial de las paraestatalidades – subversivas, mafiosas, delincuenciales… -. Resultado no solo imputable a las dificultades nacidas de “una loca geografía” como la nuestra, sino de la falta del Estado con sus recursos, políticas y autoridad. Una realidad que hace crisis cuando de la mano de Cesar Gaviria, llevamos a fondo el dictamen neoliberal, formulado por Ronald Reagan: el Estado es el problema y no la solución. Quedamos, ahora sí, con un remedo de Estado devorado por el apetito insaciable de los contratistas; esa es la calamitosa situación que hoy vivimos.
Lo de Nicaragua puede ser el abrebocas de lo que nos espera en un postconflicto, hoy vacilante, que se desarrollaría en medio de crecientes penurias fiscales, de un Estado incapaz de ejercer su papel y su autoridad y de una política capturada por los negocios y las prácticas del “cómo voy yo” desbocado. Es un mal augurio.