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Macondo en Bogotá

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Juan Manuel Ospina
24 de abril de 2014 - 04:00 a. m.
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Ya ni se sabe por dónde metérsele al tema de Bogotá, de lo enrevesada e incomprensible que es hoy su situación.

Una ciudad zarandeada por los vientos huracanados del carrusel de la contratación, sobre el cual salen día a día nuevas evidencias (¿o serán simples historias con más decires y especulaciones que pruebas concretas?) y por la tormenta desatada con el drama de la destitución del Alcalde, que avanza y retrocede por capítulos o entregas y que desnuda el infinito desorden e incoherencia tanto de nuestro sistema judicial como de los organismos de investigación y control que actúan como si fueran la sección de judiciales y crónica roja de medios de comunicación, y no la rama del Poder Público que encarna la majestad de la Justicia. Todo ello aderezado con el entrecruzamiento de protagonismos e intereses personales de quienes deberían velar por los derechos ciudadanos y la salvaguarda del interés general, y el fatal maridaje entre política y justicia.

Y en medio del barullo, una ciudadanía perpleja pero indignada que no entiende lo que sucede, que rechaza con rabia lo que está padeciendo y que ha acabado de perder su confianza en dirigentes, funcionarios e instituciones. Cuando el ciudadano cree que ha entendido la situación entonces un nuevo hecho, un nuevo pronunciamiento y en ocasiones una simple declaración, lo regresa a la confusión, a la incertidumbre, a la desconfianza nacida de no saber finalmente qué sucede, qué sucedió y por qué sucede lo que está padeciendo.

Al Procurador Ordoñez, como dicen las señoras “se le fue la mano” con Petro y ello desató la tormenta que no amaina. Sin quererlo, en vez de ejemplarizar con su caso y decretarle la muerte política como era su propósito, lo convirtió en el caudillo que siempre ha querido ser y que si la izquierda fuera menos torpe, lo tendría como su líder. Petro con su soberbia y talante autoritario – mesiánico le resultó al Procurador un hueso difícil de roer, un “disciplinado” que no se arruga ni da el brazo a torcer-, está listo para asumir el papel de caudillo popular, en momentos en que la dirección política nacional y local, sin excepción, no está a la altura de los desafíos que le esperan al país en el futuro inmediato.

Al Presidente Santos lo aconsejaron mal sobre la obligación de acatar el otorgamiento de medidas cautelares otorgadas al Alcalde por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Si lo destituyó para tratar de contrarrestar la presencia del uribismo en la Capital, “el tiro le salió por la culata” y con la reculada que ahora le impone la decisión del Tribunal Administrativo de Bogotá, sufrirá un nuevo golpe en la opinión, una mala noticia a un mes de la primera vuelta electoral, dado el déficit de votos que enfrenta su candidatura.

Bogotá con su circunstancia macondiana es la mejor ventana para asomarse a la crisis institucional, política, de valores y de dirigentes que se caractericen por su honestidad, humildad, visión, credibilidad y compromiso. Acá, con nuestras características propias se vive la crisis mundial de la llamada postmodernidad en lo social y lo cultural, de la minimización del Estado como propuesta institucional, y de la dictadura del mercado como el motor de la prosperidad, según lo estableció hace treinta años el hoy cuestionado modelo neoliberal. Destaco el tema de los dirigentes, no solo los políticos, porque son las personas las que cambian a las políticas e instituciones y para ello no se requiere “el buen dictador” que nos lleve de la mano hacia nuestra felicidad, sino una dirigencia renovada, conectada con la gente y que tenga la humildad y lucidez para escuchar, para dejarse interpelar por la realidad y para obrar en consecuencia. Bogotá puede ser el punto de inicio de esa inaplazable tarea, no solo por su crisis actual sino por su historia y su capacidad demostrada de asumir retos y realizar cambios de fondo.

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