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“Producir una nueva realidad que reafirme la creencia de la Humanidad en la justicia, refuerce su confianza en la nobleza del alma y dé aliento a todas nuestras esperanzas”, fueron palabras bellas, sabias y profundamente humanas pronunciadas por Nelson Mandela en su posesión como Presidente de Sur África.
Palabras que casi 20 años después conservan su frescura y su verdad, más actuales que nunca cuando se las lee desde ésta Colombia cargada de odios, de vanidades, de miedos, de pequeñez humana, justo cuando la Historia nos desafía, frente a las posibilidades de una paz verdadera, para que asumamos riesgos y compromisos, en el espíritu que expresaba Mandela y que el encarnó como pocos.
Mandela dedicó su vida a luchar por la dignidad y el respeto de los derechos que como personas tienen los negros. En los años sesenta debió organizar la acción armada dirigida a instalaciones militares y gubernamentales que según sus palabras les fue impuesta por la bárbara represión de los blancos a la larga lucha, de más de 80 años, adelantada por los surafricanos, no solo negros, bajo principios de no violencia; una lucha por “una democracia y una sociedad libre en la cual las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades”.
Mandela sale de la cárcel, después de 27 años, transformado en el gran líder. De entrada les perdona a sus enemigos, a sus carceleros. Inicia su camino a la Presidencia ganándose no solo el apoyo de las distintas fracciones de las organizaciones contrarias al apartheid sino también, y eso es lo extraordinario de su humanidad, de su liderazgo ético y digno - su sello personal e imborrable -, de sus enemigos a quienes conquista para su causa, a los racistas y violentos partidarios del siniestro apartheid. Su capacidad para desarmar y conquistar al otro no nacía de la violencia o de la imposición sino de su inteligencia y sensibilidad humana, que le permitía, al decir de su amigo el periodista inglés John Carlin, “ponerse en la piel del otro: entender sus puntos fuertes, sus puntos débiles, las vanidades del enemigo”.
Mandela como incomparable dirigente democrático ejercía un liderazgo ético, digno, cargado de alegría – era famoso por su humor – y de respeto al otro, sin pretender ni descalificarlo ni satanizarlo, como se acostumbra en la Colombia de hoy. Liderazgo que no impuso con el látigo del miedo o de un dogmatismo cargado de fanatismo de izquierda o de derecha, común en nuestro país, sino a partir de “generar un clima en la sociedad a través de la reconciliación, de conocerse, de generar respeto mutuo y de desarmar el espíritu de los potenciales enemigos”. Ese es el enorme logro histórico de Mandela, al decir de Carlin.
Mandela, que conoció la violencia porque la padeció y en algún momento la ejerció, fue un líder que inspiró y unió en vez de dividir, al resaltar la humanidad que a todos nos une. Pudo así “movilizar las masas para bien, para unir en vez de dividir, para la paz en vez de la guerra”. Difícil un ambiente político más opuesto al espíritu humanista y tremendamente realista de Mandela, que el que hoy se respira en esta Colombia cargada de odios, de amargura, de “mala leche”, donde reinan los ataques entre todos y la satanización del contrario; donde nadie convoca ni tiende la mano, en las antípodas de lo que dijo Mandiba en su posesión “ninguno de nosotros puede lograr el éxito actuando en soledad… debemos actuar en conjunto, como un pueblo unido, para lograr la reconciliación nacional y la construcción de la Nación”. Que gratificante recordar a Mandela desde esta Colombia desgarrada.
PS. Lo del Procurador y Petro rebozó la copa y permitió colocar sobre la mesa otra de las enormes fallas de nuestra Constitución: ¿Quién debe “disciplinar” a funcionarios públicos que no son nombrados sino elegidos por los ciudadanos?, pues todos deben estar sometidos a un control disciplinario. No debe ser el Procurador, y el país en esto ha sido bien claro y así lo ha entendido el Ministro de Justicia. ¿Podrían entonces ser los magistrados de los correspondientes tribunales administrativos, con una segunda instancia en el Consejo de Estado? A la par debe revisarse ese engendro jurídico que es el Código Único Disciplinario, ambiguo y discrecional en demasía. Es escandaloso y antidemocrático que más de un tercio de los alcaldes y gobernadores elegidos estén inhabilitados por años para ejercer cargos públicos. Algo está definitivamente “podrido en Dinamarca”.
