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Más allá de Charlie Hebdo

Juan Manuel Ospina

14 de enero de 2015 - 11:38 p. m.

Insistir sobre el hecho del ataque asesino a los periodistas de un muy francés y pedante semanario satírico, es hoy simplemente repetitivo.

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 No fueron solamente significativos los asesinatos, también su impacto sobre la libertad de prensa y en general la democracia. La tarea no puede limitarse a “cazar” a los responsables del crimen; exige desentrañar sus causas, pues ni cayó del cielo ni es un castigo de Alá, y hacerlo a partir de analizar la realidad social y de poder que se expresó en esa acción terrorista.

Ese inaplazable examen, que es uno de conciencia, le corresponder realizarlo en primer lugar a la sociedad francesa, que no debe limitarse a las impresionantes manifestaciones de repudio y de solidaridad, necesarias pero insuficientes como respuesta. Las potencias coloniales europeas, en especial Francia e Inglaterra, que durante un siglo, hasta mediados del pasado, dominaron e impusieron su poder y sus intereses económicos y geoestratégicos al Medio Oriente musulmán, al África negra y al Sudeste Asiático, están en la raíz del desequilibrio, de las injusticias y de la violencia que asola a unas poblaciones a las cuales sistemáticamente se les desconoció su existencia misma – historia, cultura, organización social y territorial –. Desde París y Londres se inventaban naciones, se trazaban límites a espaldas de la realidad y presencia de pueblos que desde el comienzo de la aventura humana habitaban esos territorios con sus riquezas, y que de manera imperial el colonizador los presumió libres y a su disposición; llegaron a unos extremos que hicieron palidecer lo hecho tres siglos antes, por España en América.

El mundo vive una “explosión de la diversidad y de los derechos” al romperse las barreras nacionales que separaban a los pueblos con sus culturas propias, haciéndolos diferentes a unos de otros. Las rompió el viejo colonialismo y luego la migración fruto de la pobreza y el desbarajuste social e institucional en que quedaron las excolonias, dinamizada por la necesidad europea, durante la segunda mitad del siglo pasado, de contar con mano de obra barata: No es gratuita la masiva y creciente población de origen árabe en Londres y Paris o de turcos en Alemania. Hoy esa presencia “extraña” es vivida por muchos europeos como una amenaza múltiple: al empleo, al acceso a los servicios sociales, a la seguridad personal, a la identidad cultural; son europeos sumidos en un revoltijo de temores aprovechados políticamente y potenciados por la crisis económica que no cede y que empobrece; el inmigrante que ayer era reclamado, acabó convertido en el chivo expiatorio responsable o causante de la crisis.

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Europa es tierra fértil para movimientos políticos nacionalistas de extrema derecha xenófoba, sobre todo islamófoba, con particular y creciente fuerza en Francia. Razón tiene la Canciller Ángela Merkel cuando dice que todos, incluidos los musulmanes, son ciudadanos alemanes y advierte los peligros de la islamofobia. El manejo del miedo ciudadano frente al extraño, al que tiene otras creencias y valores, está en la raíz de ese gran error histórico – político de la cacareada “cruzada contra el terrorismo” de Bush, Blair y Aznar como respuesta o mejor retaliación al atentado en Nueva York.

El tema en juego va más allá de la libertad de prensa – y de expresión y opinión -, central para la vida en democracia y para el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos. Se trata de encontrar el camino para la aceptación de la diferencia y del derecho del otro, frente al cual el derecho individual no puede ser ilimitado, pues para convivir es necesario respetar al otro, lo contrario a pretender imponer la voluntad y la opinión propia. Si ese camino de comprensión y respeto no se define, defiende y recorre, el escenario permanecerá servido para que el islamismo fanático y la extrema derecha, igualmente fanatizada, dominen el terreno y comprometan el futuro.

No puedo dejar de pensar en Colombia donde también corremos el riesgo de ver comprometido nuestro futuro por el enfrentamiento de las extremas, que solo alimenta el miedo y la desconfianza del colombiano frente a su futuro y la posibilidad de lograr que finalmente convivamos en democracia y equidad.

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