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¿Se puede hacer política sin “maquinaria”, a punto del voto independiente, de opinión? ¿Hay mermelada legítima o toda ella enmelcocha al que se le arrime?.
Preguntas válidas para las cuáles no hay respuestas claras y razonadas sino reacciones emotivas, bien para justificarla en toda situación, presentándola como un hecho que hace parte de la política real, que debe simplemente aceptarse, bien para condenarla por ser la mano satánica del mal metida en la política. Como generalmente sucede, no es lo uno ni lo otro.
La realidad monda y lironda, basta con leer las encuestas, es que el idealismo, el compromiso altruista con las grandes causas de la humanidad, es excepcional en el mundo real y de ahí que los líderes movilizadores y éticos sean más bien escasos. El discurso ético, la presencia de lo religioso, existen y son necesarios para recordarnos el sentido de la trascendencia, de la solidaridad, para que levantemos la mirada de una cotidianidad cargada con las afugias y pequeñas alegrías del día a día, con sus preocupaciones concretas: empleo, vivienda, salud, educación, seguridad…
Por ello el trabajo de los políticos serios, honrados y responsables no se da en el mundo de los comportamientos ideales sino en el de las necesidades de la vida real, donde viven, luchan y sueñan las personas de carne y hueso para quienes y con quienes se hace la política. Una política que es práctica y concreta pero que necesita estar guiada por el ideal de un interés general – salud, educación, trabajo, honradez y transparencia en el manejo de los bienes públicos… -. Reconozcámoslo, los idealistas son una minoría que sobrevive, especialmente en estos “tiempos pragmáticos”, en medio de los millones que simplemente luchan por sobrevivir y progresar.
Ahora bien, todo comportamiento humano, especialmente si es público, tiene sus normas, su ética, cruciales en la relación entre elegido y elector pues de lo contrario, que es lo que hoy escandaliza, se vuelve una compra - venta de votos en tiempo de elecciones, práctica no solo antiética sino claramente antidemocrática. El elector debe votar motivado por la confianza que el candidato le brinda gracias a la seriedad de sus propuestas y su hoja de vida así como la del partido o movimiento que lo avala, que se lo recomienda como candidato.
El enredo empieza cuando esa relación es esporádica, “electoral”, con plata y no con gestión ante las agencias estatales para obtener un bien público que le interesa a la comunidad, no solamente a Juan Pérez, – una vía, un programa de empleo, la escuela, el puesto de salud, el programa de apoyo a una actividad económica importante para la comunidad… -; una gestión pública, ni cómplice ni clandestina y, asunto fundamental, sin intervención del político en la contratación y correspondiente comisión. Hacer ese tipo de gestiones y de esa manera no es corrupción e implica que el elegido está cumpliendo su tarea.
Que eso es malo, no lo creo; no es lo ideal pero así funcionan las democracias representativas. La solución sería abrirle espacios a la participación directa de comunidades en la decisión y supervisión de las inversiones de recursos públicos decididas por la comunidad, en la línea de los presupuestos participativos.
Exigiría avanzar en el desmonte, al menos en las instancias locales, de la democracia representativa para abrirle espacio a la participación directa de las comunidades que se han de organizar independientemente de las formaciones políticas (¿será eso posible?) y que tengan acceso directo a información suficiente y oportuna para decidir y controlar, a través de las páginas web, el internet…; ambas condiciones son necesarias para la libre e informada decisión ciudadana.
Los temas más generales – seguridad nacional, políticas macroeconómicas, relaciones internacionales e interregionales… -seguirían requiriendo su manejo delegado en un congreso unicameral con representantes elegidos por el pueblo, que tengan el reconocimiento y la experiencia requerida. Los líderes carismáticos que generan momentos de opinión, siguen con el camino abierto, sabiéndose que son excepción y no regla de la democracia, que es cotidiana y terrenal.
