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En días pasados vi en Cali en vivo y en directo la confrontación entre la torpeza de los tecnócratas, especialmente si son capitalinos, y la sabiduría práctica expresada en el rebusque o la informalidad de los usuarios del transporte urbano, confrontación que permite comprender mejor cómo la necesidad es maestra de una sabiduría extraída de la dura realidad de la cotidianidad. Los soberbios tecnócratas de Planeación Nacional, desde la calle 26 en Bogotá y muy probablemente con la asesoría de flamantes contratistas, definieron el proyecto del MIO, el sistema de transporte público masivo de la capital vallecaucana, a partir de la decisión de que para su trazado se aprovecharía el del viejo ferrocarril de los 50, que corría de norte a sur, con lo cual supuestamente se ahorraría tiempo y dineros muy importantes, al no tener que adquirir los terrenos requeridos. Hasta ahí todo bien, pero resulta que ese viejo trazado nada tiene que ver con la Cali de hoy, con su gran crecimiento poblacional localizado principalmente en el oriente y los consiguientes flujos de desplazamiento diario y masivo de personas, que debía atender una obra bien costosa.
El resultado fue un verdadero elefante blanco objeto de rechazo por la ciudadanía, expresado entre otras con su vandalización en las recientes movilizaciones sociales. El MIO debía transportar un promedio diario de 600.000 personas, hoy escasamente moviliza 120.000. Las pérdidas en su operación son aún más dramáticas al considerarse el monto del endeudamiento de la ciudad para la construcción de su infraestructura y la quiebra de los privados, concesionarios de la operación del sistema. A los ojos de muchos caleños, su crisis no tiene salida o exigiría su rediseño con un costo gigantesco. En este descalabro es mayúscula la responsabilidad del gobierno nacional, así como la del gobierno local que avaló el error.
Y acá entra en acción el ingenio del rebusque ciudadano con los localmente denominados motorratones, que rápidamente se tomaron de manera caótica las vías de Cali para ofrecer a amplios sectores de población, que no pueden utilizar taxis o andar en su carro, el servicio básico de movilidad, necesario para hacer su vida. Un verdadero enjambre de motos con el usuario como parrillero está llenando el vacío dejado por la inoperancia del MIO y la urgencia ciudadana de desplazarse. Ofrecen un servicio que es barato y seguro porque el pasajero no sale en su búsqueda y lo dejan en la puerta de su casa, utilizando para ello la infraestructura de vías existente. Además, es fuente de un ingreso legal y sin jefe para muchos que no tienen otra posibilidad de un empleo. El resultado es que hoy, mientras el transporte público moviliza diariamente 120.000 pasajeros aunque había sido diseñado para 700.000, los motorratones lo cuadruplican con 500.000 transportados.
Obviamente, la conclusión no puede ser: ¡vivan la informalidad y el rebusque!, pero sí entender que la arrogancia tecnocrática comete gigantescos errores que todos debemos finalmente pagar y dilapidan recursos escasos. Con su comportamiento soberbio que desprecia el análisis de la realidad y de las necesidades de la gente, apresados por su afán de reducir el diagnóstico de los problemas y sus posibles soluciones a cifras, modelos econométricos y financieros abstractos, desconocen o subestiman los hechos tozudos de la realidad, expresados en buena medida en el querer y sentir de la gente privada de cartones académicos pero formada en la escuela y experiencia de la vida.
Esta irracionalidad se repite en la construcción de viviendas de interés social diseñadas sin tener en cuenta su contexto ambiental, urbanístico y social, ni su acceso a servicios, así como en los programas de desarrollo rural alternativo o de sustitución de cultivos, desconectados del entorno ambiental y sin la dotación de una infraestructura básica de apoyo a la producción que además les garantice a esas comunidades una vida digna, comunidades a las cuales muchas veces ni se les consulta el proyecto a realizar.
Son ejemplos de inversiones públicas supuestamente para la gente realizadas de espaldas a ella y atendiendo otros intereses, generalmente de políticos para sus propios propósitos, no de los ciudadanos, o de contratistas convertidos en el principal foco de corrupción del Estado y de la política. Lo de Cali es ilustrativo y obliga a profundizar en la comprensión de una realidad fundamental del país.
