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No sé si les pasa lo mismo, pero estoy hasta la coronilla con dos cantaletas insulsas y enloquecedoras: la de los unos amenazando que no vamos hacia la paz sino hacia la negra noche del Castro-chavismo; los otros que estamos a punto de vivir los esplendorosos y risueños amaneceres de la paz.
Ambos discursos, igualmente mentirosos y desorientadores, flaco servicio le prestan a la urgencia del momento, que es facilitarle al ciudadano de a pie, urbano y rural, pobre y rico que pueda votar el referendo de manera libre y responsable y, hasta donde humanamente sea posible, con una claridad básica de lo que está votando y de lo que ello significa para su futuro personal y el del país; que entienda que con ello se abren posibilidades, que no están garantizadas de antemano, para que Colombia reoriente su rumbo y finalmente asuma la tarea de poner la casa en orden, tarea pendiente a realizar con o sin acuerdos pero reconociendo que estos pueden ser sus impulsores o dinamizadores, al ofrecer unas condiciones que la vuelvan realidad. Son condiciones que debemos saber aprovechar, siempre y cuando dejemos de lado las estériles consignas emocionales y entendamos que se trata de una tarea y una responsabilidad de todos, necesaria para avanzar progresivamente hacia un futuro común más amable, digno y justo. Desaprovecharla nos dejaría frustrados y divididos.
Se deben tener claro ciertos puntos centrales respecto a lo que nos espera “el día después” del referendo: Que la violencia no se acabará automáticamente con la firma, pues en Colombia los factores/actores violentos son múltiples y no se agoten en las FARC. Que el gasto público en Seguridad, no solo militar, no va a caer automáticamente al salir las FARC del conflicto; lo que si se daría es su reorientación para enfrentar al ELN y al crimen organizado de bacrimes y paramilitares. Lo que sí se termina es la obsesión antiFARC, alimentada con altos réditos políticos por Álvaro Uribe, que mucho distorsionó las prioridades de seguridad del país.
Por consiguiente es utópico que la paz se pueda financiar a partir del actual presupuesto de guerra. Es decir, es necesaria una tributación para la paz, significativa y continuada durante al menos los diez años del mal llamado postconflicto, que no serán recursos para “sostener a los bandidos” sino para financiar, complementados con importantes créditos específicos, los presupuestos y el plan de desarrollo (¿decenal?) de las inversiones y los programas requeridos para dar el salto adelante en términos de equidad territorial y social, de eficiencia en el manejo de sus recursos, especialmente de los naturales; de reorganización del Estado y del ejercicio del poder para acabar con la exclusión, la paraestatalidad, la corrupción pública y la ocupación anárquica y destructiva de nuestro territorio y cuerpos de agua. Ello exige una tributación para que cada uno, de acuerdo con su capacidad económica, participe en la financiación de esa transformación. Una tributación equitativa y progresiva para que no sean los sectores medios y trabajadores, que han llevado el peso del conflicto, quienes carguen ahora con el costo económico de la paz.
No amaneceremos el 3 de Octubre ni en manos del comunismo internacional ni en el Edén. Será un día normal pero que trae la posibilidad de hacer realidad soñar lo imposible, primer paso para la rectificación del rumbo del país e iniciar el camino hacia una Colombia digna, hacia un país decente, que no es lo que hoy tenemos. Es una posibilidad no una realidad consolidada, para lo cual debemos dejar de lado tanta diferencia, tantos miedos y rabias, tanta pequeña política que trata de aprovecharse, empequeñeciéndola, de la gran oportunidad que abre el Acuerdo, que trasciende su farragoso contenido.
Entre más lo pienso más me convenzo que el proyecto de transformación necesita una Asamblea Constituyente que le de fundamentos sólidos a una Colombia transformada.
