En el horizonte mundial no se ven sino negros nubarrones, vientos huracanados y olas de más de tres metros.
Una tempestad que viene de atrás; del choque violento entre dos culturas de base religiosa con primer desarrollo en el siglo XI con las Cruzadas cristianas en el Oriente Medio musulmán, que terminó con un triunfo cristiano. Estamos en la segunda parte del encuentro donde los sectores integristas y radicales, por no decir fanáticos, que esperan cobrarle al Occidente, con intereses de mora, la deuda impaga por mil años.
Allí está la huella de un agresivo imperialismo europeo, especialmente inglés y francés, que en el África negra y la musulmana, se consolidó en la postguerra de 1917 con la derrota del Imperio Otomano. Poderes e intereses europeos tras las riquezas naturales africanas con el petróleo mandando, impusieron estados de corte occidental violentando la realidad de unas sociedades con fuerza propia. Luego en los 60 y 70 del siglo pasado, en tiempos de fuerte crecimiento económico, los antiguos colonialistas importaron de sus excolonias mano de obra, hasta cuando les fue útil.
El resultado dramático del inclemente egoísmo europeo, fue un África empobrecido, desarticulado, sumido en la violencia, con una población que masiva y desesperadamente busca instalarse en Europa para de alguna manera recuperar la riqueza arrebatada. La paz que les destruyeron y las guerras que les impusieron esos europeos, impotentes y defensivos hoy frente a la migración masiva, consecuencia humana y económica de sus políticas imperiales. Están literalmente “comiendo de su cocinado”.
El mundo vive un reordenamiento salvaje del desvencijado orden mundial movido por una globalización adelantada sin legitimidad, sin reglas acordadas ni poder público para garantizarlas; nunca el sistema de Naciones Unidas había sido tan irrelevante y los sistemas de integración regional tan en crisis. La actual es una realidad donde, como en los tiempos de los Bárbaros, reina y se impone la ley del más fuerte, que algunos denominan, de la selva.
Una globalización que no trae, como lo anuncian sus propagandistas de oficio, la ampliación de los ámbitos de vida y de posibilidades para “la gente” y las economías nacionales. Le sirve a unos pocos, al famoso 1% que aparece en todos los planteamientos de crítica al desorden existente: del Papa Francisco y Bernie Sanders a Los Indignados europeos y norteamericanos. Un desorden que aprovechan y acrecientan los exsocialistas, la China confuciana y la Rusia zarista.
Ese 1% convirtió a la economía mundial en un verdadero casino, como diría Keynes, en el cual la dominación del capital financiero impuso como prácticas habituales la especulación y los enroques, que subyugan el trabajo y el esfuerzo de millones, con la ayuda de una tecnología sin reglas ni propósito distinto a crecer indefinidamente, que ha banalizado el trabajo, especialmente de los jóvenes, condenándolos a medrar en los márgenes de sociedades cerradas, enfermas y egoístas, vulgar caricatura del ideal liberal del hombre autónomo y libre.
En el horizonte crece el vendaval del rechazo ciudadano a una política impotente o connivente con la situación; su rabia y su frustración empiezan a explotar en medio del temor al futuro y de desconfianza frente a los partidos y los dirigentes; es el terreno preciso para el populismo que promueve la acción directa del pueblo o de éste arropado por un líder carismático que encarne y canalice esa rabia ciudadana. Un populismo – de Trump a Chávez- que destruye y desfoga pero no transforma; es el neozarismo de Putin y el voto inglés para salir de la Unión Europea. Con sus enormes diferencias, tienen sin embargo un fondo común: recuperar lo propio, encerrarse en las fronteras para defenderse del forastero amenazante; añorar un pasado idealizado en la memoria.
Es en medio de esos nubarrones y tormentas que Colombia se apresta a cerrar un capítulo triste y estéril de su pasado, para abrirse a otro que necesariamente tiene que concebirse y ejecutarse en un mundo convulsionado, que él también busca redefinirse. Un asunto que ahora con particular urgencia, le concierne a Colombia toda.