28 Jan 2021 - 3:00 a. m.

Para la naturaleza, lo grande es débil

Los principales sitios y ocasiones de contagio del COVID-19 son los de socialización, donde se está relajado y en confianza, conversando con los amigos, los parientes, los vecinos. Se suelta el tapabocas y empieza la cercanía física. Han sido precisamente las reuniones familiares en este nuevo pico el principal escenario para el contagio, festividades de fin de año con transmisiones por personas cuya cercanía hoy, más que dar seguridad, pasa a convertirse en una amenaza: como somos de la familia o amigos de toda la vida, no hay riesgo y… bajamos la guardia.

Otro sitio y ocasión de contagio son las reuniones en espacios cerrados por motivos laborales, sociales, educacionales, religiosos o culturales. Mirando el comportamiento de la plaga, es posible avanzar al respecto unas observaciones preliminares. Ante todo, las vulnerabilidades surgidas de la pobreza, con su impacto directo en un espacio físico donde se malvive simplemente amontonados, sin servicios —especialmente de agua— y sin aire que ventile para que junto con la luz del sol desinfecte el remedo de vivienda. Pobreza que además acarrea vulnerabilidades físicas en la salud de organismos debilitados por la desnutrición y preexistencias mal tratadas.

Pero existen otras condiciones determinantes de las vulnerabilidades o fortalezas sociales e individuales ante las pandemias, que parece que llegaron para quedarse. Sería el contexto cultural y ambiental/natural de las comunidades y su influencia directa y significativa en el impacto de la pandemia, relacionada con las condiciones en que las personas viven, se desplazan, trabajan e interactúan, con sus costumbres y sus espacios de vida.

Como hecho general, el clima tropical caliente con sus posibilidades para socializar al aire libre y convivir allí con vecinos y familia —en balcones, corredores, terrazas, ranchones, aceras, parques…— evita contagios. No hay encierro ni contaminación, sino distancia natural y mucho aire y luz circulando y limpiando los lugares; se duerme en sitios abiertos y aireados —en la casa costeña, de cualquier estrato, no puede faltar la nevera, el ventilador (“abanico”) y la televisión para verla en familia en sitio ventilado y fresco—. El clima genera costumbres de socialización, de descanso, de trabajo y formas de construcción de vivienda para que el aire circule refrescando y limpiando, fundamental para alejar el virus.

En efecto, si se mira el mapa de los contagios en el país, salta a la vista que en la tierra caliente —costas Atlántica y Pacífica, Orinoquia, valle del Magdalena…—, donde se pensaba que se presentaría una crisis sanitaria descomunal, los contagios han sido bajos. Igual se aprecia en el mundo: al trópico relativamente le va mejor que al subtrópico, a pesar del abismo de riqueza y de pobreza existente entre ambos. No se ha dado la catástrofe sanitaria esperada para las islas del Caribe, África e India, y no por previsión humana sino por sus condiciones culturales y de medio ambiente.

Los puntos críticos en Colombia y el mundo son las grandes ciudades, causa de la reflexión expresada en el título de esta columna, pues parecería que la naturaleza no resiste el gran tamaño: desaparecieron los dinosaurios y siguen tan campantes los microorganismos iniciadores de la vida. La complejidad y el gran tamaño rompen los equilibrios fundamentales de la naturaleza y de la vida. El gigantismo que se apoderó de la mente humana —la ciudad más grande, el tren más rápido, el edificio más alto, la empresa monopolista, el mercado único…— rompe ese equilibrio.

Conclusión: vale la pena volver los ojos y los esfuerzos hacia las ciudades intermedias y a una red urbana que distribuya mejor la actividad humana en el territorio, generando políticas con dimensión humana y diría que natural para restablecer el equilibrio con la naturaleza, sin el cual acabaremos derrotados como humanidad por las pandemias que habrán de venir.

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