Puedo ser petrista teleológico por cuanto considero que su visión estratégica, su proyecto, tiene elementos importantes y válidos. Esa era mi respuesta cuando me preguntaban por su gestión como alcalde de Bogotá. Y ahora, al calor de la campaña presidencial y todavía bajo la influencia del interesante y civilizado debate de los precandidatos presidenciales en Teleantioquia, vuelvo a pensar lo mismo sobre Gustavo Petro.
Pero antes unas palabras sobre el debate; digo que fue interesante no tanto por lo que plantearon los participantes, nada que ya no se supiera, sino porque transmitió imágenes claras sobre las personas de los candidatos, de su talante, de su humanidad, y eso es más verdadero que las palabras, porque es más real. Y digo que fue civilizado porque los cuatro en sus intervenciones respetaron al otro, a las diferencias existentes; hubo planteamientos divergentes, inclusive contrarios, pero sin insultos ni golpes bajos, el comportamiento que reclama una ciudadanía mamada no con las diferencias sino con la manera baja e irresponsable, incivilizada, en que éstas se asumen entre nosotros.
Volviendo a Petro. Siempre he considerado que muchos de sus planteamientos suenan atractivos, porque son interesantes y los presenta de una manera positiva, “moderna”. No son originales ni desconocidos, inclusive uno probablemente los ha pensado. Recordemos algunos sobre Bogotá: separación de las basuras y su reciclaje; el papel central del agua como fuente de vida, el derecho a un consumo mínimo y concebir la ciudad a partir de su estructura ambiental moldeada por el agua; la modernización y dignificación de quienes se ganan la vida con su trabajo en la calles, los “zorreros”, los recicladores, los comerciantes callejeros; la densificación del centro ampliado de la ciudad, con crecimiento en altura, para limitar su crecimiento horizontal a costa de las tierras y el medio ambiente circundante; tarifas de servicios subsidiadas, incluido el transporte público; el Catastro; Canal Capital; el sentido de lo público y la acción estatal...
Pero eran solo eso: planteamientos seductores o al menos interesantes sin tren de aterrizaje; ideas atractivas y propuestas necesarias pero lanzadas al aire en tropel, sin diseño ni financiamiento, sin un procedimiento para hacerlas realidad, para ejecutarlas. Ideas que se llevaba el viento, reemplazadas por la siguiente propuesta, la del día.
Las dudas, el temor respecto a Petro como presidente, no son con lo que plantea, sino con la forma ligera y diría que irresponsable como lo hace, como si su verbo iluminado y convocador fuese la varita mágica que hace que las cosas sucedan; discurso mesiánico que desde lo alto de un Monte Sinaí, que bien puede ser un balcón en la plaza, se impone a todos y a todo por encima de cualquier consideración. Un caudillo mesiánico que no le responde a los humanos, sino a la posteridad.
El resultado de Petro como alcalde fue una gestión polémica y socialmente polarizante que no afectó y mucho menos transformó de fondo la estructura de la ciudad; manejó sus grandes recursos presupuestales con un claro sentido de inmediatismo social, político, clientelista y coyuntural concentrado en la atención a lo inmediato; una gestión efectista y no transformadora.
Su discurso presidencial tiene las mismas características del que tuvo como alcalde —ligero, atractivo, pero sin fondo ni viabilidad—: médico hasta en la última casita alejada; energía solar en todo y para todo; agricultura sí (aguacates), minería no (petróleo); hacer productiva la tierra ociosa dedicada a la valorización especulativa por medio de impuestos fuertes que obliguen a trabajarla o venderla, una vieja idea de corte liberal que en Colombia defendió Hernán Echavarría Olózoga, la antípoda de un castrochavista... piensen en algo que les suene bien y hay grandes probabilidades de que lo encuentren en el último discurso de Gustavo Petro. Eso es lo que haría irresponsable una presidencia suya, aunque hoy le dé votos.