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Para el proyecto reeleccionista, Bogotá es una ficha fundamental que aún no tiene asegurada, máxime cuando Enrique Peñalosa, candidato bogotano como ninguno, se perfila como el rival en la inevitable segunda vuelta presidencial, y cuando al uribismo le fue bien en marzo con el voto capitalino.
Para rematar, el que se ha tenido como el gran elector santista en la ciudad, Germán Vargas, no está aportando lo que se esperaba, a pesar de su despliegue como generoso dador de vivienda.
Ese es el telón de fondo de las últimas movidas bogotanas del Presidente – Candidato, iniciadas con la destitución de Gustavo Petro, mal recibida por una opinión que percibió en ella una embozada intencionalidad electoral. Inmediatamente encargó a Rafael Pardo para iniciar la reconquista liberal de la ciudad, fortín electoral rojo durante casi todo el siglo pasado. Pardo no llegó con la serenidad de quien simplemente hace un reemplazo mientras le entrega el cargo y la responsabilidad a quien sea designado, sino con los aires de querer quedarse en el puesto, como vocero de un mensaje presidencial y partidista: Bogotá ahora si tiene gobierno y doliente; “cesó la horrible noche”. Esto tampoco le gustó a una ciudadanía que lo que quiere es que su ciudad funcione bien y decentemente y no que pretendan aprovechar su crisis para hacer política electoral.
El entusiasmo santista de la primera hora, se ha ido enfriando al igual que la altanería inicial de los petristas. Habrá terna en la próxima semana y, sería lo lógico, Antonio Navarro será el alcalde hasta la elección atípica. Ese derrotero abre el espacio para que con cabeza fría y pensando en la ciudad y en quienes en ella hacemos nuestras vidas, se discuta sobre su futuro, sobre nuestro futuro y no el de los políticos. ¿Cuáles las necesidades, cuáles las urgencias de ella, de nosotros como sus dolientes? ¿Qué de lo acumulado en los últimos veintipico de años, en la lógica feliz del “construir sobre lo construido”, debe mantenerse, modificarse, complementarse?
¿Qué enseñanzas se pueden sacar de sus dificultades presentes? ¿Son solo culpa de “unos malos” que nos asaltaron en nuestra buena fe? ¿En qué fallamos como ciudadanos? ¿Qué proponemos los ciudadanos? ¿Qué los políticos y los partidos? Se está en mora de adelantar una discusión franca y abierta para aprender de la experiencia y retomar la experiencia apasionante de la construcción ciudadana de “la Bogotá que queremos”, que debe ser “una Bogotá sin indiferencia y humana, profundamente humana”, y no la ciudad vista con la miope y avara mirada de quienes cuentan votos como quien cuenta monedas.
Esos votos apoyarán a quienes le pongan el oído al reclamo ciudadano y se la jueguen a fondo y limpiamente, para que ese reclamo se convierta en compromisos políticos y de gobierno; ganarán quienes dejen de lado sus mezquinos intereses electorales.
Bogotá tiene como hacer la tarea, ya lo ha demostrado en el pasado. Se necesita salir de la polarización entre amigos y enemigos de una u otra figura política, para concentrar energías en lo único importante: continuar con la construcción de la ciudad posible y deseable. Para lograrlo se necesita que los medios de comunicación se abran y estimulen esa discusión ciudadana, para que al lado de las denuncias y escándalos cotidianos, se escuchen y debatan las propuestas y compromisos. Que los partidos hablen de proyectos y de ciudadanía, y no solo de votos y candidatos. Que las universidades, iglesias, ONGs y organizaciones ciudadanas se integren al escenario apasionante de una ciudad en pos de su destino y aterricen en un aquí y ahora lleno de exigencias y desafíos. Soñar no cuesta y a lo mejor… (Lo que suceda dependerá finalmente de nosotros y de nadie más).
