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¿Qué tienen en común Arafat el líder palestino, Hussein rey de Jordania, Isaac Rabin primer ministro israelí y Simon Peres actual presidente de Israel? Qué fueron exitosos y despiadados guerreros que individualmente, desde sus respectivas orillas y a partir de trabajar con los datos de la realidad y no con la vaguedad de sus sueños, adelantaron un ejercicio de razonamiento, de realismo y de humanidad que les llevó a jugársela a fondo por la solución política del conflicto armado más antiguo y complicado del mundo contemporáneo.
Lo pienso de regreso de un Medio Oriente donde nació nuestra civilización occidental con sus raíces judeo cristianas, que compartimos con la civilización musulmana. Vivo el reencuentro con una Colombia sumida en sus enredos, apresada por una cotidianidad sin horizonte ni esperanza; avasallada por el desbordamiento de los intereses personales o grupales que abonan la corrupción; una Colombia donde agoniza cualquier posibilidad de definir el interés general, de acordar una propuesta de país que nos permita levantar la cabeza por sobre tanta pequeñez y politiquería para concebir “aquí y ahora” ese acuerdo nacional.
Superar tanta mediocridad, solo será posible si se logra terminar el conflicto armado, condición previa necesaria para iniciar el arduo camino hacia la paz, entendido como un ejercicio de transformación social, política e institucional. ¿Cómo? Concluyendo con dignidad, realismo y compromiso las negociaciones de la Habana. Negociación que está amenazada de muerte por el virus de la inmediatez y de los intereses personales o grupales, que siguen vivos, coleando y haciendo de las suyas. El antibiótico para atajar la infección es sencillo de formular, que Juan Manuel Santos se la juegue a fondo por la paz. Y para lograrlo se requiere una decisión suya que no le es fácil de tomar, pero en la cual le va su futuro y su trascendencia como gobernante, renunciar a la reelección. Insistir en ella pone en peligro el proceso habanero y por ende su puesto en el “panteón de los grandes”, sueño propio de la vanidad de todo presidente.
Si Santos tiene grandeza y sentido de la Historia está en mora de darle la espalda a la arena electoral para jugársela entero por la paz. Solo así tendría la credibilidad requerida para jugar duro en la mesa de negociación y frente a un país dispuesto a acompañarlo en la empresa solo si ve claridad, sinceridad y decisión en la acción y el compromiso presidencial. Santos podrá entonces tener la contundencia que le daría liberarse de los acosos cotidianos de las encuestas, del asedio oportunista del uribismo, del escepticismo ciudadano frente a un Presidente percibido como indeciso y confuso en sus reales intenciones y, en fin, dejaría sin piso las escaramuzas y aventones de una guerrilla que busca capitalizar la falta de claridad del Presidente, que asocian con su afán electoral.
Santos, que dicen es un buen jugador de póker, sabe que no se gana “cañando” todo el tiempo; que le llegó el momento de apostar; que las cartas están echadas y que en sus manos y decisión está ganar el juego. En este momento el escenario es claro: o el Presidente se la juega a fondo con la negociación o va a quedar mal con todo el mundo, derrotado políticamente y mal calificado por sus contemporáneos y el inapelable “Tribunal de la Historia”. Jugándosela ya puede lograr negociar el fin del conflicto y trazar el camino hacia un país digno y en paz. En caso de no lograrlo se le reconocería que estuvo a la altura del desafío y de su responsabilidad y que evitó sumirse en las arenas movedizas de la nefasta reelección.
Este es un sueño alimentado por el ejemplo de dirigentes palestinos y judíos como Arafat y Hussein, Rabin y Peres, quienes en medio de dificultades y malentendidos sin nombre comprendieron y asumieron el sentido y alcance de sus responsabilidades como estadistas. Miraron de frente a la realidad y a su conciencia para tomar decisiones polémicas pero necesarias, que pusieron en riesgo su comodidad y hasta sus vidas. Se la jugaron con tareas de alto riesgo, las que le abren el camino a la Historia y al progreso con rostro humano, a la par que le recuperan la dignidad y la legitimidad a la dirigencia. Para Juan Manuel Santos, renunciar a la reelección por la paz, seria su decisión histórica.
