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Se les olvidó el barrio

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Juan Manuel Ospina
20 de noviembre de 2014 - 03:09 a. m.
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“Un techo para que sea hogar, debe tener una dimensión comunitaria en el barrio, donde se empieza a construir esa gran familia que es la humanidad; desde lo más inmediato, desde la convivencia con los vecinos”.

Palabras sabias del Papa Francisco a tener en cuenta en un país y una ciudad, Bogotá, donde los gobernantes enceguecidos, los unos por el “ejecutar, ejecutar” del Vicepresidente Vargas Lleras que solo mira las metas de miles de metros cuadrados construidos “a la lata”, olvidando que al hogar no solo lo constituye un techo, como nos recuerda el Papa. Falta Sociología y sobra albañilería.

O en Bogotá, donde el Alcalde Petro pretende imponer, en una típica alcaldada para zarandear a los ricos, para supuestamente resolver un problema real y de fondo consecuencia de un urbanismo segregado socialmente, al poner a vivir a unas familias de campesinos desplazados, entre vecinos de estrato seis y siete en barrios con esas características socio-económicas y culturales. Petro entiende los problemas de la ciudad pero se equivoca gravemente con los medios y procedimientos escogidos para resolverlos, viciados por la improvisación, por el apasionamiento que raya con el odio de clases y por un autoritarismo sin fronteras. A nadie consulta, ni a los pobres ni a los ricos involucrados en sus decisiones, ni a los que conocen la ciudad, en su historia, problemas y posibilidades; escasa y superficialmente, a sus cercanos.

Volvamos al Papa en su intervención a finales de Octubre en un encuentro mundial de movimientos populares, cuya lectura recomiendo http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/speeches/2014/october/documents/papa-francesco_20141028_incontro-mondiale-movimenti-popolari.html, cuando dice que “las ciudades que integran a los socialmente diferentes están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro. Ni erradicación ni marginación; integración urbana para que todas las familias tengan una vivienda y todos los barrios una infraestructura adecuada”. Su visión es la de un proceso en donde se construyen viviendas pero también un habitat. Y Francisco resalta el sentido y el valor de los barrios populares “bendecidos con una rica cultura popular: allí el espacio público no es mero lugar de tránsito, sino una extensión del propio hogar, un lugar para generar vínculos con los otros, con los vecinos”.

Se nota que el Papa fue párroco de barrio pobre. Capta su esencia, que enriquece a sus comunidades en humanidad y en solidaridad. Exactamente lo contrario del ambiente y del espacio público de los barrios de los ricos, vacíos de gente y de vida pero, eso sí, llenos de celadores, de carros blindados y de guarda espaldas, donde ocasionalmente se ve a la empleada paseando el perro de sus patrones. Barrios de pobres sin tienda de la esquina, sin niños jugando en la calle y vecinas “comadreando”, donde todos se conocen y sienten al barrio y a su “casita” como lo más valioso que tienen, parecidos a ellos y a sus sueños. Donde, en fin, el colegio bueno o malo es para sus hijos; en barrio de ricos no hay centros educativos.

Todo esto parece olvidarlo un Petro en trance no de alcalde sino de agitador político, lo cual en si no es censurable pero no desde el despacho oficial. Con su propuesta demagógica es difícil saber a quién desconoce en mayor medida, si a las familias de campesinos desplazados, que se merecen una mejor suerte que la de servir como munición en la guerra petrista contra los ricos; o a las familias ricas que hoy viven en su barrio, sumidas en el egoísmo y en la defensa de sus privilegios.

El camino verdadero y realista para la necesaria integración social de Bogotá pasa por revisar la tributación distrital - que pague más el que más tiene - y orientar la inversión pública para equiparar las condiciones de vida en los barrios de los pobres y en los de los ricos; se trata de integrar en profundidad a los diferentes, no de mezclarlos en una asimilación forzada y por consiguiente mentirosa.

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