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La administración distrital ha vivido meses confusos, marcados por el fantasma de Petro que recorre los corredores del Edificio Liévano, invocado por el afán de su nuevo inquilino por borrar todo rastro de su antecesor.
Peñalosa no logra abandonar el espejo retrovisor como medio para gobernar, y en esas se le agotó el período de gracia propio del inicio de la administración; ahí están las encuestas para certificarlo. Fueron meses marcados por un tono de “sobradez tecnocrática” tanto del Alcalde como de su guardia pretoriana de colaboradores inmediatos, que los ha aislado del ciudadano con sus inquietudes y reclamos, siendo percibidos como gobernantes lejanos y desentendidos de quienes los eligieron. Aislamiento e incomunicación que son las mayores amenazas del servidor público.
Parece que luego de la aprobación del Plan de Desarrollo, que defraudó a más de un experto, Peñalosa ha buscado, hasta ahora sin éxito, caracterizar su administración, darle un sello que la defina en su esencia. El error grave de vender a la ETB y de pretender urbanizar terrenos que han sido definidos por la autoridad ambiental como integrantes de una reserva natural, van quedando a la vera del camino como temas inconclusos y de pronóstico reservado. En Educación en donde las sucesivas administraciones han logrado avances significativos, incluida la primera alcaldía peñalosista, no se conocen acciones fuera de unas declaraciones vagas. En Salud tiene en marcha la creación de unas redes con los hospitales, supuestamente para controlar la corrupción en las compras hospitalarias, a partir del supuesto no verificado que centralizar resuelve los problemas de corrupción. Finalmente se impuso la vieja propuesta de Hugo Acero de escindir de la secretaría de Gobierno la responsabilidad de la seguridad ciudadana, creando un nuevo despacho, a partir de una posición política discutible: que la seguridad ciudadana es un tema de policía y no de convivencia; me temo que así se limita el alcance de la política y aumenta la burocracia; la ciudad queda con dos jefes, que no autoridades, de policía.
Hay dos asuntos importantes reducidos a acciones aisladas, no incorporadas a una estrategia integral y radical. Me refiero a la sacada de vendedores ambulantes de ciertas calles y sitios del espacio público, y al operativo policial en la olla del Bronx. El tema de los vendedores tiene dos aspectos a tener en cuenta para al menos darle manejo: detrás de la venta ambulante, por lo general, se mueven intereses económicos que explotan tranquilamente al vendedor por su necesidad de supervivencia, y al espacio público por inacción del gobierno que permite que particulares de manera informal e invasiva, exploten para su beneficio el más importante mostrador comercial de la ciudad, sus calles y parques. El segundo aspecto es la diferencia entre la invasión pura y simple de las calles o su aprovechamiento regulado en beneficio tanto del vendedor como del comprado.
El Bronx tiene que ver de una parte con la política hacia el habitante de calle, al cual se le deben reconocer sus derechos como ser humano y apoyarlo para hacerle su vida menos triste y cruel; y con el desbordado crecimiento del consumo local de drogas, especialmente entre jóvenes inducidos y esclavizados por criminales que merecen la mayor sanción social y penal posible; lo iniciado por Petro al respecto es importante a partir de entender que el drogadicto es un enfermo que necesita tratamiento, comprensión y un apoyo efectivo y desburocratizado. Algo semejante se puede decir del drama social y humano de los embarazos adolescentes, no registrado por el radar peñalosista; drama que crece como espuma en medio de la indiferencia de una sociedad y unas iglesias más preocupadas por los abortos que por la pérdida del sentido profundo de la vida y de la responsabilidad de darle origen. Con la vida no se juega.
Destaco la acción puntual pero fundamental de tapar los huecos en unas calles que parecen bombardeadas; esa tarea tuvo un comienzo, pero no puede tener fin. Su complemento lógico es continuar con la recuperación de andenes iniciada por Petro, pues el peatón es tan importante como el ciclista, el ídolo mayor en el altar peñalosista. Peñalosa que tanto conoce de temas urbanos debe tener claro que no hay sistema de transporte público que no tenga algún tipo y grado de subsidio, un asunto que no puede simplemente descartarse de un plumazo; Petro precipitó la puesta en operación del SITP, el alcalde debe garantizar que el sistema se consolide; el metro por lógica y por experiencia mundial debe ser su eje.
Remato reconociendo la importancia del programa de atención prioritaria a niños menores de cinco años en condición de vulnerabilidad, con el no despreciable presupuesto de $3.6 billones. Veremos en Diciembre que logra consolidar Peñalosa en su primer año, el que le dará el perfil y el tono a su obra.
