En la campaña del 82, Belisario Betancur, cuyo centenario se conmemora, ya terminaba su discurso en Cartagena cuando una voz emocionada le gritó: “Belisario, sí se puede”, y él inmediatamente pensó, ese es el grito de mi campaña; así fue y ganó al quinto intento.
Era una persona intensa pero no apasionada. Con ideas y propósitos claros que fue madurando con el paso de los años y de la experiencia. De fogoso y joven militante laureanista se transformó en el líder de un Movimiento Nacional, la estructura multipartidista y abierta a los independientes, a La Franja como entonces se les llamaba, con la que finalmente llegó a la presidencia y que, desafortunadamente, ordenó liquidar inmediatamente después del triunfo. En el cierre de su campaña, dicientemente, está en la tribuna acompañado por María Eugenia Rojas, hija del general a quien había enfrentado, con carcelazo incluido, y Gloria Gaitán, la hija del caudillo que admiró; políticos ambos más cercanos al pueblo que a los partidos.
Tenía al país presente en su diversidad, en la cual encontraba nuestra gran riqueza como nación y como pueblo, que lo llevó a proponer e impulsar el proyecto de la Segunda Expedición Botánica, para reconocernos en nuestra realidad natural y en las bases de nuestra nacionalidad. A lo largo de su vida, con su presencia, iniciativas y apoyo, buscó reconocer y exaltar a ese ser material y espiritual. No es gratuito que el ánimo y la presencia de su gobierno fuera nacional: de la Costa Pacífica a las entrañas de la Orinoquia, del Amazonas a Punta Gallina en la Guajira. La suya era una exaltación a la cultura y a la identidad nacional, pero igualmente a la universal, a lo que nos distingue como pueblo, desde la cocina a la poesía, pero sin falsos chauvinismos. Betancur era una mezcla interesante, culto y volcado a lo popular; de Nikos Theodorakis a José Barros. Como pocos, fue un presidente de la cultura, en el discurso, en su vida personal y como gobernante.
Era un soñador y como tal, un tanto iluso pues creía que la justeza de lo que se buscaba y el compromiso con ella bastaba para hacerla realizable. El punto alto de esta convicción se dio con su apuesta por la paz, en un país y con una guerrilla que, a su juicio, finalmente habían comprendido el agotamiento del tiempo de la guerra y llegado el de la paz. Dos grandes debilidades de su política de paz fueron subestimar la importancia que ya para entonces tenía el narcotráfico, que necesitaba la guerra para crecer, como en efecto sucedió. En segundo lugar, pensó que estando Colombia ya en perspectiva de paz y no de guerra, las fuerzas armadas debían ceder el protagonismo y el poder que el conflicto les había otorgado.
Indudablemente, las raíces que hicieron posibles los Acuerdos de La Habana se encuentran en esos años, con sus análisis de las causas subjetivas y objetivas de la violencia, que reclamaba simultáneamente negociaciones para terminar el conflicto armado y una política integral en los territorios, para acabar con las causas objetivas de una violencia alimentada por el abandono y ausencia del Estado, por la pobreza y el atraso secular de territorios y poblaciones históricamente excluidas, al margen del desarrollo. Plantea y estructura el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) que ejecutará su sucesor, Virgilio Barco, y que con su propósito y objetivos anima los acuerdos de La Habana. Con esa visión y experiencia Betancur será figura principal en la estructuración y ejecución de los Acuerdos de Contadora, que le abrirán el camino a la paz en América Central. Y mientras tanto, acá en Colombia, el M19, al no entender la política y las intenciones presidenciales, cometió el acto demencial de la toma del Palacio de Justicia, obligando al presidente a tomarse el trago más amargo de su vida para evitar un golpe militar.
Capoteó con éxito la crisis económica mundial del endeudamiento, en lo que se conoció como la década perdida de América Latina, a la par que mantuvo una posición de independencia frente al gobierno norteamericano respecto a la extradición e integrando al país al bloque de lo que por entonces se conocía como los países no alineados.
Es mucho más lo que se podría anotar de una vida y un cuatrienio lleno de logros pero también de fracasos, de dificultades y oportunidades, como sucede en la vida humana cuando se busca salir de la cómoda mediocridad o en la vida pública, cuando se supera la esterilidad de los discursos altisonantes que como una nube de verano, pasan sin que nada ni nadie cambie. Betancur en eso es ejemplar.