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Sin política para construir paz

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Juan Manuel Ospina
25 de febrero de 2016 - 02:00 a. m.
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En este mundo de hoy, hasta la crisis de la política se globalizó con sus particularidades nacionales; igual sucede con la respuesta ciudadana dada con voces, expresiones y planteamientos que rompen con el quehacer político tradicional, con la inercia de organizaciones anquilosadas, generalmente bipartidistas, devoradas por un burocratismo teñido de clientelismo, superadas por realidades que ni comprenden ni controlan.

En la salida a las crisis nacionales de la política hay un elemento de excepción que rompe rutinas, desaloja a los detentores tradicionales del poder y obliga a redefinir las reglas del juego político e inclusive la distribución del poder. Fue la crisis de legitimidad por corrupción generalizada en España e Italia o la incapacidad de atender a la demanda ciudadana en Venezuela, Ecuador y Estados Unidos, o el regreso a la democracia en Brasil y Perú. Lo interesante, lo esperanzador, es que después de la crisis se ha dado en los países un renacer del interés del ciudadano escéptico por una política replanteada. Aristóteles no estaba tan equivocado, la naturaleza humana es social e incorpora una dimensión política.

Colombia enfrenta la coyuntura de un cambio fuerte en el escenario político tradicional, con ocasión del fin de una interminable acción subversiva de guerrillas que fracasaron en su propósito revolucionario pero crearon las condiciones para que el proceso de avance democrático del país se viera seriamente interferido. Ese puede ser el factor disparador del cambio político en un país que a lo largo de los últimos cien años, consecuencia de la terrible guerra “de los mil días”, desarrolló o afinó un “espíritu frentenacionalista” que rehúye el planteamiento de las diferencias al abogar por entendimientos a toda costa (el “hagámonos pasito”). Como resultado sobrevive un bipartidismo desgastado pero no derrotado, institucionalizado durante el período del Frente Nacional. El bipartidismo ha convivido desde entonces con un rosario de movimientos alternativos: el gaitanismo cuando la caída de la Hegemonía Conservadora, el MRL en tiempos de los inicios del Frente Nacional y luego la ANAPO; hoy El Polo y Los Verdes; todas han sido propuestas políticas de corta vida y grandes y fallidas expectativas.

A la derecha de ese frentenacionalismo centrista y amorfo, se ubica el uribismo con su compromiso y militancia bajo el mando de su alma y caudillo, estructurado en cuadros al mejor estilo de los movimientos de inspiración totalitaria, de derecha o izquierda. A su izquierda están los grupos de esa tendencia ideológica, divididos y debilitados por rencillas sin fin, que reclaman su Álvaro Uribe que los ordene y discipline. La política democrática es animada por las extremas militantes pero, salvo en coyunturas especiales, se define en el centro. El vacío programático, de organización y figuras en el centro político, la mantiene postrada, en momentos en que se avizora un acontecimiento con rasgos de terremoto político, el tan anunciado postconflicto, que podría ser el catalizador del cambio la política, llamada a ser el escenario de las mayores e inmediatas exigencias ciudadanas que producirán los primeros y fundamentales cambios en la vida del país.

Para enfrentar el desafío, estamos manivacíos en términos de capacidad y de instrumentos políticos para la tarea y con las arcas oficiales igualmente vaciadas para enfrentar la mayor prueba que tiene el país en el inmediato futuro. La preocupación se circunscribe a firmar un acuerdo cuanto antes. Lo que venga después, Dios proveerá.
 

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