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Una Bogotá sin remedios caseros

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Juan Manuel Ospina
24 de septiembre de 2015 - 03:16 p. m.
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Claramente, quienes vivimos en Bogotá en este final de campaña no queremos caer en una estéril e inconducente pelea entre “izquierda y derecha”.

Queremos un gobierno serio y ciudadano – ni partidista ni politiquero – que se preocupe y sobretodo se ocupe de sus necesidades y aspiraciones, que son más que la eterna solicitud de seguridad y movilidad, como nos lo repiten a mañana y tarde las encuestas y los medios. Ha faltado profundizar en el sentido de ese reclamo ciudadano e identificar sus causas múltiples, pues son el síntoma, la fiebre, de que algo anda mal en el cuerpo social capitalino; no sirven “remedios caseros”, como es aumentar el pie de fuerza policial y/o construir rápido un metro presentado como la pócima mágica para curar nuestras viejas y crecientes dolencias de movilidad, especie de artritis del desvencijado cuerpo social de la ciudad.

Detrás de los dos reclamos mencionados, “seguridad” y “movilidad” se encuentran temas y propuestas ciudadanas, no partidistas, que le apuntan a la vida de sus habitantes y al futuro de la ciudad, y cuya realización no requiere ni un superman ni una superwoman, sino algo más sencillo, que se vuelva a creer en Bogotá, a sentirla como propia para gozarla y sufrirla, y no como un ente extraño y amenazante, que mucho pide y poco da. Mockus con la hoy olvidada pero necesaria cultura ciudadana, logró recuperarle a los bogotanos la fe en su ciudad y la confianza en la capacidad transformadora de una ciudadanía, que en su momento permitió romper con la lógica del “sálvese quien pueda” que hoy vuelve a enseñorearse del ánimo ciudadano.

¿Qué quiere la gente, independientemente de su condición social, para su ciudad, que tiene que ser de todos y para todos? Quiere tranquilidad en sus vidas; quiere una ciudad ordenada en un espacio público recuperado, con sus zonas verdes ampliadas y cuidadas; espacio público y seguridad que exigen la presencia de la autoridad pero sobre todo educación y disciplina ciudadana que son prerrequisitos para convivir, al respetar al otro; una ciudad que sea hogar y no hotel de paso; una ciudad decente con todos sus habitantes, donde la norma de comportamiento sea el respeto y no la atarbanería, que algunos confunden con “el libre desarrollo de la personalidad”; donde se rinden cuentas de la tarea hecha, de los recursos empleados, pues los pesos tienen que rendir. Una ciudad, en fin, que no cree ni en los milagros ni en los milagreros, sino en un trabajo diario, organizado y alegre, que transforma el barrio, el colegio, la brega diaria, a la par que permite recuperar y alimentar el entusiasmo y la confianza, sin los cuales la vida simplemente se marchita.

Una ciudad que les facilita a los jóvenes engancharse con la vida y no con la muerte y la violencia, hijas de la desesperanza; una educación que realmente forme y no solo informe, que enriquezca el tiempo libre y abra puertas a la imaginación, a la creatividad, a compartir y a entender que solo crezco si me abro a los otros, que el encerramiento solo produce egoísmo y amargura. Con unos maestros admirados y apoyados por los ciudadanos, por los padres de familia, que hacen el trabajo porque les nace hacerlo; la sociedad capitalina les facilita su tarea.

Una ciudad que recupera sus vías y amplía su utilización para descongestionar el tráfico, pues unas pocas llevan el peso de todas; unas normas graven efectivamente a los que prefieran andar en carro particular para que le retribuya económicamente a una sociedad que le entrega al vehículo particular, tierras y presupuesto. El peatón, como usuario principal del espacio y vías públicas, debe compartirlo con los ciclistas y sus nuevas ciclorutas, eso sí, sometidos a reglas de comportamiento y circulación. El metro, aunque no sea la solución mágica, es necesario pero debe repensarse, pues el adefesio de un metro solo subterráneo no puede hacer carrera, con el cuento de que no aguanta un estudio más.

Los habitantes de esta desafiante capital reclaman un alcalde o alcaldesa que no piense en su carrera política o en los favores para sus infaltables apoyadores políticos, sino en servirle a sus electores con sus reclamos y propuestas. No esperan milagros sino una gestión con compromiso, honestidad y transparencia en el obrar, que permita que Bogotá sea administrada “con la gente y para la gente”.

 

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