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Una campaña insípida

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Juan Manuel Ospina
06 de febrero de 2014 - 05:15 a. m.
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La reelección, al menos en las condiciones colombianas, es un mecanismo perverso políticamente y deslegitimador de las instituciones - Presidencia y Procuraduría en especial -.

 Tiene a la actual campaña presidencial en el congelador – más de la mitad de los ciudadanos no saben por quién votar o están pensando, como protesta por la falta de opciones, votar en blanco -. Se calentará solo sí se libera del cuento de que al Presidente Santos hay que reelegirlo, aunque no convenza, pues de lo contrario fracasarán las posibilidades de paz en el país, un cuento que fundamentan en que él es el único depositario de las “llaves de la paz”. Nuestra política sigue con el miedo como su principal sentimiento motivador, ayer a la permanencia de la acción guerrillera y hoy a que no se firmen los acuerdos con ella; en ambos casos están las FARC como factor político decisorio.

La realidad ha cambiado, el panorama no es tan sencillo. En 2002, arrasó un Álvaro Uribe paladín de la lucha contra unas FARC que los colombianos rechazaban con fuerza, luego del Caguán. Ahora crece el interés por lo que vendrá luego de los acuerdos, al tiempo con el rechazo de todo lo que recuerde los absurdos y el dolor de una guerra que parecía eterna. Álvaro Uribe percibe ese cambio y empieza a distanciarse de lo que fue su fortaleza en momentos en que la opinión reclamaba mano fuerte, cuando encarnó un furiuribismo obsesionado con derrotar militarmente a las FARC.

Uribe, como animal político que es, ha iniciado en los últimos meses su acercamiento a posiciones más de centro, desde donde pueda sintonizarse con la paz, como en efecto lo viene haciendo tímidamente. El debate ya no es ni será la repetición del manido enfrentamiento entre “amigos y enemigos de la paz”.

Empieza a discutirse en el país, aunque aún no en la campaña, lo que viene después de La Habana, la transición y construcción de la paz – el futuro de los exguerrilleros y el de unas fuerzas armadas para la enorme tarea de la paz, el narcotráfico y la violencia del crimen organizado, una reforma a la constitución en asuntos como la justicia y los organismos de control, la no reelección y un nuevo sistema político, el ordenamiento territorial desde abajo y la inserción del país en el mundo… -. Debate de vida o muerte escamoteado por el afán reeleccionista que desconoce que en la opinión crece la posición de no más guerra, discutamos los cómos de la paz; posición que tocó las puertas del aguerrido expresidente.

En el escenario electoral ya se ven asomos de cambio, nacidos inicialmente de la proyección política de Petro, fruto del trabajo del Procurador Ordoñez. Proyección caudillista en medio de una izquierda que no sabe cómo encarnar un centro izquierda, a la par que reafirma su indomable vocación a la división, en medio de la confusión y de los personalismos antropófagos.

Del lado conservador, en medio de la incredulidad de muchos, se oyeron en la pasada convención voces fuertes, independientes y de indudable raíz ciudadana y popular que reclaman, como lo afirma su candidata presidencial, que “el Partido son las bases. No podemos seguir creyendo que los que cuentan son los parlamentarios”. Considera Marta Lucía que es una falta de respeto afirmar que dependa del uribismo; recuerda que siendo senadora de la U se retiró del partido por estar en desacuerdo con la pretensión de la segunda reelección presidencial. Considera que la paz es un imperativo ético y un derecho de todos los colombianos y expresa su rechazo a que asunto tan trascendental, sea utilizado para justificar las deficiencias del Gobierno Santos. Se compromete a someter al debate público los textos que se acuerden.

Lo de Marta Lucía, que puede transformarse en el hecho significativo y aún decisorio de estas elecciones, tiene en común con la situación política creada por Petro que en ambos casos está presente y actuante el constituyente primario enfrentado a normas expedidas y aplicadas por los poderes constituidos. Lo de Petro abre un gran interrogante político. Lo de Marta Lucía, si cometen la arbitrariedad de dejar sin piso formal su aval como candidata que le fue otorgado por el pueblo conservador, puede dispararla políticamente y acabar de hundir en la irrelevancia política, a sus adversarios, los otrora dueños de los feudos electorales que cubrían pudorosamente con la bandera conservadora. Lo de Marta Lucía puede ser el ingrediente de novedad, la sal que le faltaba a la campaña presidencial.

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