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1 Dec 2022 - 5:00 a. m.

Una democracia sin partidos es una mentira

Colombia demanda con urgencia una política moderna y ágil, que convoque y movilice; su ausencia es el almendrón de su crisis como sociedad. Una nueva política de alma democrática, ni caudillista ni clientelista, con partidos que, igualmente, no sean ni clientelistas ni caudillistas. Colombia, en su afán por abrir su democracia para liberarla de los amarres y mañas de la política tradicional liberal-conservadora, planteó, a partir de la Constitución del 91, que la solución era la conformación de una multitud de partidos. El resultado fue una explosión de organizaciones que rápidamente se transformaron en partidos unipersonales, movidos por simples intereses electorales individuales, en lo que se conoció como la Operación Avispa.

En el anterior sistema, con todas las fallas que tuviera, los candidatos dependían y estaban al servicio del partido, no a la inversa como sucede ahora. Los partidos determinaban quiénes iban a ser los candidatos y, en el caso de elecciones a corporaciones, cómo se conformarían las listas, que eran cerradas. Fue el sistema imperante en la política colombiana hasta la Constitución del 91 que daba pie, en los inicios de las campañas electorales, a “la guerra de los bolígrafos” entre los jefes tradicionales por ausencia de una consulta interna previa.

Obviamente era un sistema poco democrático en el sentido estricto del término pero que permitía que la política no se atomizara en mil pequeñas jefaturas, en pequeños proyectos “con dueño”, al encontrar en los partidos un centro de gravedad. Aunque fuera de manera muy imperfecta, los candidatos expresaban lo que podríamos denominar el sentir o las posiciones compartidas al interior de esos partidos. Por ello, en general, el perfil de los candidatos era más de centro, no polarizante, como sí sucedía con candidatos aislados en sus campañas personales, urgidos de diferenciarse. Con las listas cerradas, los candidatos suman fuerzas al interior del partido. El resultado de la política tradicional con el predominio de posiciones de centro, frecuentemente mediocres, era garantizarle al sistema político colombiano estabilidad y la ausencia de sobresaltos y de incertidumbre. Una política de tono gradualista, de concertación, si se quiere; moderadamente evolucionista, que la caracterizaba en América Latina (“la democracia más antigua y estable”).

La Constitución del 91, para desterrar las razones de la persistente violencia en el escenario colombiano, les abrió espacios a alternativas políticas diferentes al bipartidismo tradicional. El resultado fue un espacio político con una multiplicidad heterogénea de fuerzas y expresiones políticas que, en vez de fortalecerlo, lo debilitaron. Alternativas políticas que apuntaban más a imponer un cacique que a generar una propuesta transformadora para el país. La política se llenó de discursos, declaraciones y propuestas, pero con pocos resultados. Y, en esas condiciones, se alejaron las posibilidades de trabajar acuerdos, dejándole el espacio al discurso de la radicalización.

La inaplazable transformación del país coloca en el primer lugar de prioridades la reconstrucción de las estructuras partidistas en Colombia, pero no para regresar a los viejos partidos. Es indudable que las listas cerradas –lo deseable en un sistema político centrado en partidos fuertes– requiere que haya democracia al interior de los partidos, pues un partido no puede proponer una política democrática si su estructura y operación no es democrática. La escogencia de los candidatos necesita ser el fruto de una consulta interna que exprese la voluntad de los afiliados al partido, no del bolígrafo del líder. Lo anterior debe complementarse con que las actividades y organizaciones políticas reconocidas legalmente estén completamente financiadas por el Estado. El actual sistema, aunque formalmente estatal, deja abierta una discreta puerta para los apoyos privados con su gran capacidad para incidir y aun decidir el resultado de los procesos electorales.

Resumiendo, el proyecto de reforma política deja de lado lo fundamental: el establecimiento de las listas cerradas y del procedimiento de consulta interna para conformarlas, consustancial de una verdadera democracia institucional. Solo así será posible desterrar los personalismos caudillistas que han pervertido la política donde hoy se impone y no se convoca; se arrea y no se atrae; se movilizan simples emocionalidades y consignas y no ideas y programas. Colombia reclama partidos democráticos, verdaderamente ciudadanos, que permitan liberar a la competencia política de visiones maniqueas, de buenos y malos, para transformarse en un enfrentamiento democrático entre competidores y no entre enemigos. Solo entonces la dinámica política dejará atrás el espíritu de simple lucha para volverse contienda democrática. El proyecto de reforma política ignora el corazón de la realidad, es intrascendente y mantiene lo actual.

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