Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Cuando plata y política se encuentran cara a cara, el asunto puede ponerse feo para la política en sí, que no para los políticos, para los ciudadanos y en general para los intereses de la sociedad.
La razón es sencilla: una y otra son la expresión más directa, más descarnada si se quiere, del poder en bruto, sin atenuantes. Muy frecuentemente se amangualan, dejando de lado cuando no simplemente despreciando la dimensión social del ejercicio del poder, para privatizar ese poder, reduciéndolo a un servicio (“favor”) que se transa por dinero. Y las elecciones, origen de ese poder personalizado, se convierten en una bolsa electoral donde operan comisionistas, corredores de valores electorales, pendientes del “quien da más”, en una vulgar negociación de votos, despojada de cualquier otra consideración, porque los negocios son así, como quien negocia cabezas de ganado o bultos de café.
Mientras que esa situación no cambie de raíz, los partidos – nuevos y viejos – continuaran “cuesta abajo en su rodada”, cada vez más alejados de lo que es su razón de ser, elaborar hombro a hombro con los ciudadanos propuestas que atiendan el interés del conjunto y no de unos pocos, comprometidos con lo que viene, más en estos momentos de confusión e incertidumbre, y no enredados en el inmediatismo de intereses personales, muchos inconfesables. Su credibilidad, legitimidad y pertinencia están por los suelos. Los colombianos valoran la política como tema y preocupación, basta ver los noticieros o escuchar las conversaciones entre amigos, compañeros de trabajo, parientes; en especial hablar mal de los políticos tan parte de nuestra cotidianidad, como comer arepa al desayuno. Nos interesa y preocupa la política, porque entendemos que tiene que ver con nosotros, con nuestro presente y futuro, algo que los políticos olvidan y desprecian. No se les cree a los políticos porque, cínicos e indiferentes, traicionan su responsabilidad con la sociedad y engañan a sus electores.
¿Cuál es el cambio de raíz sin el cual no hay salvación para la indispensable y hasta ahora insustituible política? Sencillo de decir, difícil de hacer: que la totalidad de la financiación de la actividad de los partidos sea pública, con los dineros de todos para que la paguemos entre todos y no unos pocos, que porque la compraron se sienten sus dueños. Que la plata para la política la manejen solo los partidos y por encima de la mesa, sin cartas guardadas o cuentas secretas, a la luz del día. En ese momento la influencia de los intereses privados en las decisiones públicas no desaparecerá pero sí quedará reducida, ojalá que a su mínima expresión; como resultado se nivela la cancha electoral permitiendo un juego (más) limpio entre los candidatos. Los partidos podrán entonces recuperar su centralidad en la acción política y su capacidad de respuesta y de convocatoria ciudadana, que hoy en altísimo grado, se suple con las dádivas electorales.
Lo anterior requiere mayor transparencia en la operación, manejo y dirección de los partidos que deben liberarse del control estricto que hoy ejercen los elegidos en su nombre, para ponerse al servicio del proyecto político, de sus electores y no de los elegidos; lo importante es el partido, no los candidatos; sus dueños son los ciudadanos no los políticos elegidos para representarlos. Lo segundo que se requiere es acabar con la cueva de Rolando en que se convirtió el Poder Electoral que de defensor y legitimador del sistema democrático se convirtió en su principal corruptor. Basta ver el manejo escandaloso que le dieron a la candidatura de Marta Lucía Ramírez.
Son decisiones de fondo que no interesan ni a los políticos ni a quienes medran a la sombra de su poder. Por eso, serán posibles si el pueblo las ordena, sin mediación alguna, en un ejercicio de democracia directa. No es fácil pero el tema, como ninguno otro lo amerita.
