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Ahora empieza lo difícil dijo ayer Pablo Catatumbo. Esa es una verdad de a puño, no para aguar la importancia del cierre de la negociación en La Habana, sino para reconocer la realidad y no llamarnos a engaño, ni sus amigos ni sus críticos, aunque creo que sería mejor decir escépticos, de la negociación.
Afortunadamente atrás quedó la pretensión gubernamental de dividir a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz, el eslogan malicioso que le garantizó la reelección a Juan Manuel Santos. Hoy la cuestión se centra en si se aprueba o no lo acordado. Sobre esa cuestión concreta los ciudadanos decidiremos, espero que responsablemente, el próximo dos de Octubre.
Humberto de la Calle por su parte, en su discurso del cual merece destacarse su tono tolerante, de claro “espíritu nacional” que tanta falta le ha hecho a la acción y posición gubernamental, sin el cual la tarea que nos espera como colombianos puede volverse de imposible realización, dijo con realismo que puede que lo logrado no sea, ni para los unos ni para los otros, lo soñado, pero que es “el acuerdo viable, el mejor posible”. El suyo es un destacado ejemplo de humildad republicana, hoy tan escaso entre nosotros.
El resultado es lo que es porque la realidad del conflicto no permite que una de las partes le pretenda imponer a la otra su querer pues, gústenos o no, al final del día nadie es ni vencedor ni vencido absoluto; aunque a muchos de lado y lado les moleste, el resultado es el fruto de una negociación entre dos partes que para el efecto son iguales. Muchos colombianos, con el expresidente Uribe a la cabeza siguen planteando - aunque no necesariamente creyendo - que la guerrilla estaba noqueada y fuera de combate y que la negociación simplemente la revivió; por consiguiente, según esa perspectiva irreal y equivocada, no se trataba de negociar sino de tramitar la rendición del enemigo derrotado. Una posición de sobradez que no se compadece con la realidad de los hechos.
Una posición que tiene adeptos en sectores importantes de la opinión porque la mayoría de los colombianos simple y visceralmente odian a las FARC, no necesariamente porque tengan “mala prensa” sino porque de ellas no existiría nada que las revindique. Prima la desconfianza hacia todo lo que provenga de ese grupo. La apuesta por la paz es considerar que hoy las circunstancias son otras, que la guerrilla finalmente entendió que su pretensión de imponer su proyecto político por la vía armada fracasó y que no les queda sino jugarle a la actividad política desarmada para lograrlo.
De alguna manera se enfrentan dos apuestas, la optimista que parte de que hay toda una experiencia, unos cambios internos e internacionales que permiten decir que lo acordado es verdad y que se puede hacer realidad si los colombianos nos lo proponemos; que atrás quedaron las ilusiones de unos y otros de que era solo cuestión de tiempo para derrotar al enemigo. La otra apuesta, que maneja el sector uribista, es al fracaso porque nada habría cambiado y las FARC seguirían igual de faltonas, pues solo entienden el lenguaje de la derrota militar. Entre ambas están los escépticos indecisos, ni uribistas ni santistas que simplemente tratan de ver por dónde puede ganar Colombia. Ese elector necesita entender que las posibilidades de la paz dependen de todos y cada uno de nosotros. En la decisión de ese sector poblacional se juega la suerte del plebiscito.
La gran novedad en los anuncios de ayer es el compromiso de convocar, como primera acción del postconflicto, a un gran acuerdo nacional porque “hay conflictos en la sociedad colombiana que tenemos que continuar afrontando con la fuerza tranquila y la legitimidad creciente del Estado” apoyado en el compromiso ciudadano con las transformaciones necesarias para conseguir la paz. Sería el escenario para formalizar “la nacionalización de la paz”, convertida en el gran propósito del cual Colombia desde siempre ha carecido.
Parece que empieza el tiempo de la gran política, en la cual el ciudadano y no los pequeños intereses partidistas, será su centro y motor.
