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Unas elecciones irrespetuosas

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Juan Manuel Ospina
22 de mayo de 2014 - 04:17 a. m.
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Puedo sonar a “disco rayado” pero en mi ya larga vida consciente, no recuerdo una circunstancia política en la cual los principales protagonistas de la misma – Zuluaga/Uribe y Santos/Vargas – se hayan irrespetado tanto a sí mismos, al ciudadano y a la democracia. Crecerá el número de los abstencionistas y del voto en blanco que rechazan por inconducente la despreciable e irresponsable pelea callejera de vanidades y el olvido olímpico de los reclamos de esos ciudadanos, de los cuales poco se ha dicho y menos se ha podido escuchar en medio de los insultos que se tomaron a los medios de comunicación.

Pero este espectáculo bochornoso e inaceptable no sale de la nada, cual castigo divino. Es la expresión al más alto nivel, de lo peor de una mal llamada cultura nacional que fue infectada hasta los tuétanos por el virus que le inoculó una guerra interminable y en extremo degradada. Una guerra que luego de perder su propósito, llevó a que se confundieran responsables y víctimas y a que la sociedad se acostumbrara a convivir con lo inaceptable en términos de crueldad, violencia e injusticia y con el cinismo de un sálvese quien pueda. Las partes confrontadas, establecimiento y guerrilla, terminaron enredados con uno de los principales beneficiados de la guerra y sus secuelas, el narcotráfico y su carnal actor armado, el mal llamado paramilitarismo que de ejército antisubversivo se transformó en el brazo armado de los carteles de la droga y del crimen organizado urbano, que se alimenta igualmente con los dineros malditos y sangrientos de la droga.

De las dos campañas de origen Uribista -no olvidemos que el santismo nace ahí-, solo sale el grito de guerra que alimenta a una polarización sin argumentos adelantada a punta de golpes bajos que dejan al elector sin aliento y convencido de que la política se volvió, ahora sí, un espacio sórdido y antisocial donde reina el dinero, el engaño, la trampa y el grito ofensivo. 

Se asiste al espectáculo vergonzoso e irresponsable de una dirigencia que no dirige y menos da ejemplo, que vive de y alienta “la guachafita”, lo contrario al código de conducta de un país civilizado. Así es casi imposible exigirle al colombiano que respete al otro y a sus derechos, que se comprometa con proyectos de interés social y ciudadano. El mensaje que su dirigencia le transmite con su mal ejemplo, es el del “todo vale”, y con él solo nos queda como sociedad cosechar más tempestades. ¡Y después se quejan de que en Colombia reine el matoneo en todas sus formas!

Una pelea de perros y gatos que ha logrado, como es su propósito, ahogar las voces sensatas y de verdad patriotas de los tres candidatos y candidatas de las tercerías, enfrentadas a las aguas embravecidas de una polarización inducida por afanes no programáticos. Todo lo contrario a lo que creen ciertos sectores de izquierda que siguen bajo el control ideológico de un Partido Liberal que aprovecha del síndrome izquierdista de los “frentes populares antifacistas” que desde hace más de ochenta años los confunde y que hoy se expresa en aquello de que Santos es la paz, dizque porque solo él tiene las llaves, un cuento que no se tragan las FARC que tienen bien claro el almendrón del asunto.

En lo personal y a horas de la elección, sigo creyendo que con Marta Lucía Ramírez se tiene un rayo de esperanza en medio de la oscura noche de esta triste campaña, preñada de amenazas y privada de toda esperanza.
 

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