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Y Mafalda tenía razón

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Juan Manuel Ospina
30 de junio de 2016 - 02:40 a. m.
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La inolvidable e insuperable Mafalda de Quino, hace ya un cuarto de siglo tenía razón al ponerle hielo al vapuleado mapamundi, para aliviarle los golpes y magulladuras que la vida le proporcionaba. Creo que hoy ya no bastaría ese tratamiento casero y lo tendría que internar en cuidados intensivos; sería bueno preguntarle a Quino.

De Inglaterra a Estados Unidos, de Rusia a la Unión Europea, de España a Argentina, reina la incertidumbre, la inseguridad y el miedo ciudadano. Las seguridades de ayer se evaporaron devoradas por la lógica implacable de una globalización sin control alguno, que se mueve impunemente en un mundo cada vez más extraño y amenazante para los humanos que lo habitan. Desaparecieron las seguridades nacidas de un empleo estable, de  un Estado visible y con autoridad, de vecinos que se conocen y que comparten una historia, de un mundo exterior  no invasivo de ese mundo conocido, de una corrupción “reducida a sus justas proporciones” y no desbordada e incontrolable como ahora, de unos partidos y unos políticos que en medio de todo, conservaban su credibilidad y legitimidad; de un capitalismo y unos capitalistas que eran también ciudadanos del país  y no figuras sin rostro, patria o lealtades, sin controles ni dios. El actual es un mundo signado por la impunidad legal, ética y social, convertido en un verdadero circo de gladiadores.

En el gigantesco error de los ingleses con su referendo – que podría dar lugar al primer suicidio de una gran nación – aparece la reacción emocional de gente que ve como se evaporan sus seguridades y su identidad, avivándose  el orgullo nostálgico de una Inglaterra imperial que dominaba al mundo sin ser condicionada por este. Fueron  los viejos nostálgicos y las regiones empobrecidas los que votaron por el regreso a un pasado, recordado como más acogedor y amable. En Inglaterra sonó  otra alarma sobre los gigantescos desequilibrios planetarios adicional al cambio climático y a  los millones de pobres expulsados por la violencia y falta de oportunidades y de seguridad que diariamente se arriesgan a cruzar  el Mediterráneo y  el río Grande en busca de oportunidades. Son desequilibrios  resultantes   de un capitalismo salvaje, desnaturalizado por la hiperconcentración de riqueza y de poder, y por  el arrinconamiento de la necesaria intervención de una autoridad pública que salvaguarde el interés público y le ponga límites y fije las reglas de juego en el escenario económico. El otro gran actor económico a lo largo de la Historia, el Estado, fue arrinconado y el mercado quedó reinando solo,  capturado por monopolios y oligopolios.

En Inglaterra  resonó el campanazo de alarma por la ausencia en el mundo global de una autoridad legítima y acatada. Claramente el camino no es el seguido hasta ahora por la Unión Europea con todas las fallas de una estructura centralista, como la conocemos acá los colombianos: un poder creciente concentrado en las  manos de  una tecnocracia soberbia, traducido en  un verdadero autoritarismo tecnocrático, que todo lo quiere reglamentar “a su leal saber y entender”, a espaldas de  la voz de “la gente”; y que,  como toda burocracia, tecnocrática o no, se preocupa ante todo por su crecimiento en números,  autonomía y  poder.

Lo de Inglaterra hace imperativo encontrar un  equilibrio entre lo comunitario y lo nacional – que no va a desaparecer, que no puede desaparecer –. Ese es el gran desafío de la integración europea, que no se resuelve solo con plata, con los fondos para la cohesión territorial establecidos para  borrar las diferencias de desarrollo entre sus miembros, fuente de guerras sin fin a lo largo de la historia. Su crisis no se resuelve con más presupuesto, pues  es de legitimidad  de la autoridad comunitaria; no hay más camino que acotar sus competencias a los asuntos básicos de la vida comunitaria y liberarla del control de los intereses financieros, para no repetir el drama vivido con la crisis griega. Hay que salir del escenario de  la comunidad  enfrentada a las demandas nacionales, pues  por esa vía solo se logra  exacerbar el nacionalismo.

En condiciones diferentes, el éxito de Trump en Estados Unidos es también  la bandera de la nostalgia del poder y de la grandeza perdidos que deben recuperarse a como dé lugar. El suyo es un discurso del nacionalismo económico pronunciado desde  el epicentro de difusión del liberalismo comercial con los TLCs. Inglaterra para los ingleses, Norteamérica para los norteamericanos.

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