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EL BANCO MUNDIAL REALIZÓ REcientemente en Washington una mesa de trabajo sobre la crisis del clima y sus efectos sobre el uso del suelo y la seguridad en la provisión de alimentos.
El presentador fue el Dr. Jonathan Foley, director del Instituto del Ambiente de la Universidad de Minnesota. Las reflexiones de Foley y su grupo son pertinentes e impactantes para el planeta y para Colombia, donde acabamos de vivir los impactos del cambio del clima sobre la agricultura y necesitamos redefinir la estrategia para el desarrollo agropecuario y la seguridad alimentaria.
La pregunta central era cómo vamos a alimentar una población creciente, que además está cambiando su dieta aumentando el consumo de carne y leche —cuya producción exige mayor cantidad de energía y presiona el cambio climático—, y al mismo tiempo aumenta la presión sobre el uso de la tierra para los agrocombustibles. Esto es aún más crítico, dado que las prácticas agrícolas actuales ya están causando degradación de suelos, pérdida de biodiversidad y destrucción de cuencas hidrográficas. No hay duda de que las cambiantes condiciones nos obligan a buscar una segunda revolución, esta sí una revolución verde.
Para el profesor Foley, si bien el tema del cambio climático ya empieza a ser aceptado por todos como un hecho económico crucial, que exige que cambiemos nuestra adicción por los combustibles fósiles, simultáneamente se está generando otra crisis que refuerza la anterior y que está relacionada con el uso del suelo y la agricultura y que puede minar la salud, la seguridad y la sostenibilidad de nuestra civilización. Las presiones globales están llevando los sistemas agrícolas a sus límites y en los próximos 40 años debemos duplicar la producción. Sin embargo, no es claro si esto será posible y cómo podríamos hacerlo sin generar un caos mayor.
El 35% de la superficie de la Tierra está destinada a uso agropecuario, el 70 % del agua la usamos para este propósito, llevando las cosas a extremos como el que ocurre en el río Colorado en EE.UU., que ya no entrega agua al océano, pues toda se usa para diversos propósitos antes de llegar al mar. Por el uso de agroquímicos, la contaminación asociada lleva a que ya hay zonas de la muerte, como una en el Golfo de México donde los recursos pesqueros ya no existen, murieron. Adicionalmente, la deforestación y la producción agropecuaria generan el 30% de los gases efecto invernadero. ¿Qué ocurrirá si pretendemos atender la creciente demanda haciendo más de lo mismo?
En Colombia, nuestra propuesta de desarrollo debe ser prospectiva y no podemos pensar que simplificar y transformar los ecosistemas naturales en áreas de producción agropecuaria es un indicador de éxito. Tenemos que relacionar agricultura y conservación, favoreciendo una agricultura que incremente productividad, eficiencia y resiliencia de nuestros sistemas agrícolas, pero que sea amigable con el medio ambiente y permita recuperar los agroecosistemas. De lo contrario, nuestra vulnerabilidad será cada día mayor. Para aumentar la eficiencia sin destruir, hay que financiar producción e investigación en agricultura ambientalmente sostenible. Ésta y la valoración económica de los ecosistemas naturales deben ser prioridad en nuestra estrategia de desarrollo.
