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En términos económicos, el PIB de Estados Unidos es 1,5 veces el de China y más de 60 veces el de Colombia. Empiezo por esto, pues el tamaño de la economía es importante en las negociaciones internacionales. En términos de emisiones de gases efecto invernadero (GEI), EE. UU. tiene el deshonroso primer lugar como mayor emisor histórico; China es el mayor emisor actual. En esto, Colombia “no marca”, dado que somos poco significativos: con el 0,64 % de la población del mundo, emitimos el 0,6 % de los GEI. Estamos en el promedio global de emisiones per capita. Un chino emite 2,5 veces más que un colombiano promedio y un estadounidense, cinco veces más. En términos económicos, nuestro ingreso per cápita es una décima parte del ingreso de un estadounidense y la mitad del de un chino. Estas son algunas de las relaciones que, agregadas, marcan en el campo de juego internacional.
Frente a la crisis climática: históricamente, Colombia ha sido y es exportador de productos contaminantes (petróleo y carbón); de manera simultánea, es potencia global en biodiversidad y regulación climática e hidrológica, y es un país de gran vulnerabilidad frente al cambio climático.
Hoy, Colombia debe definir cómo actuar y qué hacer para alcanzar la meta mundial común. Todos los países han reconocido la necesidad de enfrentar la crisis climática y actuar para evitar los desastrosos impactos asociados, que generarían grandes desplazamientos de población, deterioro de la calidad de vida para todos —en especial para los más pobres y vulnerables— y grandes pérdidas económicas. La mayor parte de los países —excepto China, que lo hará para el 2060— se han comprometido a una economía neutral en carbono para 2050.
Frente a la necesidad de actuar, este tema es, para muchos, un asunto ante todo ético y educativo. Esta perspectiva asegura que la solución para enfrentar la crisis climática es cambiar el modelo económico, relegar la economía a un segundo plano y darles paso a la ética y la educación para construir el nuevo mundo. “Bonito así”, diría mi abuelita, pero de pronto no logramos cambios en el tiempo requerido. Ahora bien, para los macroeconomistas, la crisis climática es en esencia un tema económico y hay que enfrentarla desde la economía. El problema es consecuencia de haber asociado, de manera unilateral, bienestar general de una sociedad con ingreso económico y haber concedido excesivo peso al crecimiento económico, sin considerar que este tiene límites.
A mi modo de ver, debemos combinar ética, educación y economía. Dado que necesitamos acciones de corto plazo, aprovechemos que la educación ambiental también entra por el bolsillo y usemos incentivos económicos, que ayudan a cambiar comportamientos. El caso de las bolsas plásticas en los supermercados es un buen ejemplo.
En las negociaciones internacionales, la historia y la economía juegan un papel importante. La descarbonización tiene costos diferentes según cada país, requiere recursos financieros y humanos de magnitud diversa, y las responsabilidades son diferenciadas. Teniendo esto en mente, debemos definir nuestra propuesta educativa para los colombianos. También, depurar y analizar, con criterio de país, el uso de herramientas económicas como el canje de deuda por servicios ecosistémicos asociados a regulación climática, compensaciones por no extraer ni exportar hidrocarburos, impuestos diferenciales al carbón e incentivos y barreras en el comercio internacional. Debemos enfrentar la crisis global desde una estrategia de país con propuestas aterrizadas, exigiendo y aportando en el ámbito local, y contribuyendo a una acción global con justicia ambiental, social y económica.
