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La frontera agropecuaria no existe

Juan Pablo Ruiz Soto

03 de agosto de 2022 - 12:30 a. m.

Colombia debe erradicar el concepto de frontera agropecuaria e incorporar, con criterio y responsabilidad climática local, nacional y global, el bosque a la frontera productiva.

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En Colombia no hay baldíos, toda la superficie del país está relacionada con la producción. Desde la colonización española hasta nuestros días, los diferentes gobiernos han asimilado la frontera productiva con la frontera agropecuaria. Incluso el Acuerdo de Paz (2016) habla de delimitar la frontera agropecuaria y pretende separar la frontera productiva de las áreas cubiertas por bosque natural. Craso error histórico que surge de suponer que el bosque en pie no aporta a la producción. Sociedad civil y gobiernos hemos supuesto que para producir hay que deforestar. Eso era verdad en el siglo pasado, pero ya no lo es. Evidencias y estudios científicos demuestran que el bosque natural está vinculado con la producción y que la sostenibilidad del planeta y de los territorios depende de su conservación.

Según el IDEAM (07/2022), un 52 % de la superficie terrestre de Colombia sigue cubierta de bosque. Lo absurdo y contradictorio es que hay grandes extensiones de bosque porque el Estado afortunadamente no ha llegado a todo el territorio nacional con su visión de “desarrollo”, por ello hoy somos una potencia de vida vegetal a nivel planetario. Si hubiésemos tenido un Estado con mayor capacidad de intervención, tendríamos carreteras pavimentadas hasta Leticia y puertos con vías de acceso en varios puntos de la costa del Pacífico. Todo estaría “civilizado” y en producción agropecuaria. La afortunada y no planificada conjugación de diversos factores, riqueza biogeográfica y falta de capacidad institucional y administrativa explica que Colombia hoy sea una potencia mundial en regulación climática y biodiversidad.

La tierra cubierta por bosque natural se consideró espacio improductivo y, al no ser poseída y transformada en espacio agropecuario, la ley la llamó “baldíos nacionales”. Tenemos que cambiar ese concepto. Hoy la ciencia entrega argumentos que hacen que el bosque natural, por los servicios ecosistémicos, tenga un valor económico y social creciente. Sin embargo, continúa su destrucción. El IDEAM (2022) señala que en 2021 se deforestaron 174.103 hectáreas y en los últimos seis años cerca de un millón de hectáreas; aún no logramos frenar la destrucción de este capital natural. No es problema de cultura ni de valor económico y social del bosque, sino de intereses de latifundistas, ganaderos y narcotraficantes que abren carreteras y valorizan sus tierras.

Las condiciones planetarias abren una ventana de oportunidad para que Colombia negocie transferencias internacionales, que no son donaciones sino compensaciones por los servicios ecosistémicos de nuestro bosque. Hasta ahora hemos aceptado “donaciones” con el compromiso de disminuir el área anualmente deforestada. Como lo señaló el presidente Petro en su discurso de victoria electoral, Colombia debe hacer valer su calidad de potencia natural. Hay condiciones actuales para gestionar una reducción o canje de nuestra deuda con la banca multilateral en compensación por la deuda que los grandes emisores de gases efecto invernadero tienen con nosotros, dados los valiosos servicios ecosistémicos suministrados, pero no compensados, asociados a los bosques colombianos, en especial los del Pacífico y la Amazonia.

Vale señalar que no solo corresponde hacer transferencias internacionales. A nivel local y regional se deben realizar transferencias que aseguren la gestión, restauración y conservación de nuestras cuencas hídricas. Es urgente transferir recursos de los grandes centros urbanos hacia las comunidades rurales, otro punto que debemos incluir en la reforma tributaria.

P. D. Homenaje y reconocimiento a nuestro maestro Ernesto Guhl Nannetti (q. e. p. d.), profesor y gestor del concepto de territorios sostenibles.

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