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Muchos expertos han dicho que el Pacto Climático de Glasgow es un paso en el sentido correcto. Eso es verdad, solo que como planeta —países, comunidades e individuos— nos estamos desplazando sobre una banda que va en sentido contrario y a mayor velocidad. Si no nos exigimos y cambiamos, el fin de la banda nos llevará al abismo. El cambio debe iniciar con cada uno de nosotros; incluir a vecinos, compatriotas y gobernantes, y estar acompañado de políticas públicas, acuerdos multilaterales y acciones coercitivas a escala global, para que tenga impacto.
El planeta, que se desplaza sobre la banda como una bola, camina sobre piernas y pies de muy diversos tamaños, donde los grandes corresponden a los países del G20 que generan el 85 % del total de las emisiones de gases efecto invernadero (GEI). En 2019, según Rhodium Group, la contribución de China a las emisiones fue del 27 % y la de EE. UU., del 11 %. Si consideramos las emisiones acumuladas para el período 1850-2021, según datos de Carbon Brief, las de EE. UU. son casi el doble que las de China. Los países más contaminantes tendrán que aumentar su grado de compromiso o “ambición”, bajar el consumo de hidrocarburos y hacer mayores transferencias a los países de menor ingreso y mayor vulnerabilidad. En las listas de países más contaminantes Colombia no aparece, algo relevante para las políticas públicas y las negociaciones asociadas a justicia climática.
Los compromisos adquiridos por Colombia no se relacionan adecuadamente con el principio de responsabilidad común pero diferenciada. No hemos exigido a cambio aporte financiero, transferencia gratuita de tecnología ni adecuada compensación por los servicios ecosistémicos de nuestros bosques. Si no hay transferencias internacionales, no lograremos cumplir los compromisos.
Para avanzar, Colombia debe moverse en la línea de mayor costo-efectividad, iniciar enfrentando la deforestación (que hoy representa el 30 % de las emisiones) y reducir las emisiones de metano (14 % del total), asociadas a la ganadería extensiva. Conservar y restaurar nuestros bosques, disminuir el área en ganadería extensiva y transformarla a sistemas silvopastoriles para fijar carbono, reducir emisiones de metano, mejorar la regulación climática y preservar la biodiversidad son tareas que requieren determinación política y grandes recursos financieros.
Necesitamos recursos para la reconversión de nuestra economía. Las mediciones satelitales que se empiezan a hacer de las emisiones de GEI y el compromiso firmado por el Gobierno de reducir en 30 % las emisiones de metano significan mayores controles a la exploración y explotación de hidrocarburos y quizá limitar o suspender la expectativa de usar fracking para extraer petróleo.
Para compensar la disminución de las exportaciones de carbón en el corto plazo y las de petróleo en el mediano, que disminuirán el ingreso de recursos públicos necesarios para la implementación de las acciones climáticas, debemos, entre otras cosas, asegurar compensaciones internacionales, con recursos estatales o privados, por fijación y retención de carbono en nuestros bosques, (incluidos bonos de carbono), garantizando el beneficio directo para sus habitantes —indígenas, afrodescendientes y campesinos—, gestores de servicios ecosistémicos de regulación climática. El precio internacional de la fijación y retención de CO2 por los bosques está subiendo y Colombia debe ser cuidadosa en cómo usar este potencial, revisando y ajustando periódicamente precios y tiempos de los compromisos que se acuerden.
Posdata. Hoy, con el crecimiento continuo del parque automotriz, la ganadería extensiva y la deforestación, estamos aumentando las emisiones per capita de Colombia. Vamos en contravía.
