8 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Pacto por la Vida, pecados y decisiones cotidianas

En reacción a la columna “Acción ciudadana y crisis climática”, algunos lectores preguntaban: ¿cómo ese grupo cada vez más numeroso de personas que se autodenominan ambientalistas pueden actuar y ser consecuentes desde la cotidianidad con la naturaleza? ¿Cómo pueden estar libres de mala conciencia si al mismo tiempo consumen carne, viajan en automóvil privado o en bus que consume diésel y emite partículas que afectan a quien se desplaza en bicicleta o a pie? ¿Se puede ser genuinamente ambientalista cuando se vive una cotidianidad que incluye múltiples agresiones al medio natural?

A mi entender, el ambientalismo concreto no tiene agenda, ni calendario, ni partido político, y no hay en él purismo religioso. No responde a un decálogo bajo amenaza de ser excomulgado o tachado de farsante si no cumple los mandamientos. Según la Real Academia Española: “Ambientalista. Dicho de una persona: que se preocupa por la calidad y protección del medio ambiente”. Es decir, según la lengua española, los pecadores cabemos dentro del adjetivo calificativo. Mi respuesta encuentra muchos contradictores y no está libre de profundas críticas.

Pero veamos algunos aspectos del ambientalismo cotidiano. Un principio básico es que debemos reducir el consumo para producir menos basura y generar menor impacto sobre el clima y el ambiente. El segundo aspecto tiene relación con los empaques: debemos reutilizarlos, y si esto no es posible, entonces reciclar y solo en casos extremos desechar. Para que este principio se convierta en acción a escala es necesario combinar educación con adecuada infraestructura, altos impuestos para las empresas que produzcan bienes que generen basura innecesaria y un régimen sancionatorio para quienes no se acojan a los sistemas de reutilización y reciclaje.

Un buen resultado de esa combinación educación-sanción es lo que está ocurriendo en Países Bajos, donde, según la Asociación Holandesa para la Gestión de Residuos (2019), la economía circular está reduciendo la producción de basura de 250 a 30 kilos por persona al año y a un reciclaje del 80 % de las basuras. Esto exige una combinación de múltiples acciones, que en Colombia tomarán tiempo para ser efectivas.

De momento hay acciones ciudadanas claves que permiten avanzar en ese camino. Lo primero es que rechacemos todo aquello que nos ofrecen en materiales de un solo uso, así sean reciclables: las bolsas plásticas innecesarias, los envases desechables para aguas, gaseosas y cervezas, entre otros. Tengamos nuestra propia botella para reutilizarla múltiples veces o aceptemos esos líquidos pero en empaques retornables. Greenpeace (2018) dice que Colombia genera 12 millones de toneladas de residuos sólidos al año y solo recicla el 17 %. El 74 % de los envases van a parar a los rellenos sanitarios.

Con la comida también podemos disminuir nuestra huella de carbono. La alimentación “kilómetro cero” es aquella que se basa en la adquisición preferente de productos cuya materia prima procede de un radio lo más cercano a quien los está consumiendo. Esta práctica la debemos combinar con la priorización de los alimentos producidos orgánicamente.

Como estas, hay otras múltiples opciones posibles, la acción climática inicia por casa. En este contexto surge el Pacto por la Vida, que es un llamado a que sea la ciudadanía la que lidere acciones y alianzas de adaptación y mitigación al cambio climático como parte de la estrategia para enfrentar la crisis climática. En una próxima columna presentaré otros ejemplos cotidianos de posibles acciones climáticas.

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