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Animales de diseño

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Juan Villoro
16 de mayo de 2008 - 01:56 a. m.
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La forma más inmediata que tenemos de modificar las cosas es nombrarlas de otro modo. Ahí está, por ejemplo, la mosca “suboscura” que impresionó a Juan José Millás al grado de dedicarle una “subcolumna”. ¿Qué significa que algo esté por debajo de lo oscuro? Si un Rembrandt de los insectos quisiera pintar esa mosca a contraluz, ¿debería desarrollar la técnica del clarosuboscuro?

La tentación de redefinir a los animales pasó de la fantasía a la realidad cuando el hombre dejó de contar ovejas y empezó a clonarlas en laboratorios. Intervenir en la lógica de las especies comporta un dilema ético complejo.

Entre las especies de diseño se encuentran los cerditos verdes que parecen cebados con kriptonita. Su piel es un material de alto contraste. Esto permite que células útiles para implantes sean vistas sin ningún problema por los radiólogos.

Pero apenas se logra algo por necesidad, alguien busca hacerlo por gusto. Es el caso del GloFish, pez genéticamente modificado para emitir luz rojiza. ¿Vale la pena incidir en la rueda del cosmos por razones decorativas? El pez lumínico no tiene otro sentido en la superación de las especies que ser la estrella de una pecera.

En un mundo contradictorio no podían faltar animales que benefician de modo discutible. Me refiero a los gatos hipoalergénicos. José Emilio Pacheco atrapó en verso la fascinación del felino casero: “Ven, gato, acércate/ eres mi oportunidad de acariciar al tigre”. El problema es que los gatos hacen estornudar a mucha gente.

Una empresa de Estados Unidos cría gatos sin el gen que produce alergias. No se trata de una clonación sino de una cruza entre ejemplares selectos, según demuestra su precio: 3.500 dólares. Los gatos hipoalergénicos permiten otra clase de selección natural: como los diamantes, certifican el pedigrí de sus dueños.

¿Qué pasaría si pudiéramos alterar el físico de nuestros congéneres?¿Sabemos en verdad qué nariz y qué mirada nos convienen? El lunar, la pequeña cicatriz, el diente levemente desviado son peculiares formas de la belleza. ¿Puede haber algo más entrañable que un defecto físico que hemos aprendido a querer?

En un planeta con cuerpos de diseño entenderíamos que sólo el error singulariza.

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