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Juan Villoro
10 de mayo de 2008 - 10:24 p. m.
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Hace cinco años el escritor mexicano Juan Villoro paseaba por el centro de la ciudad, con R. H. Moreno y Hugo Chaparro. Esta fue su versión de aquella jornada.

En 2007 Bogotá fue capital del libro. Ningún otro país tiene un trato cotidiano tan rico con el idioma. Basta pedir una dirección en una calle de Bogotá para recibir una respuesta sacada de la Academia de los Hombres Amables.

El inaudito vigor de la literatura colombiana tiene como complemento vivo el lenguaje de quienes hablan por supervivencia, los negros que sueñan a la intemperie en Cartagena, los desplazados por la guerrilla que han perdido la casa, pero no los adverbios, los menesterosos de las colinas de Medellín que no siempre dicen algo agradable, pero lo dicen como si lo mecieran en una hamaca.

El gran cronista Julio Camba comentó que en España la mendicidad es una profesión liberal. En otros países, las limosnas se buscan tocando el acordeón o haciendo malabarismos. En cambio, el pedigüeño español no cumple otra tarea que pedir. Con su conocida contundencia apuntó Camba: “Sólo España ha independizado a la mendicidad de las otras artes y sólo el mendigo español llega al corazón del público sin el concurso de musas extrañas”.

Hasta la fecha, los mendigos españoles ofrecen dos ejemplos extremos: el hombre que solicita unas monedas con voz recia, como si no las necesitara en lo absoluto, y el que se desnuda el torso, se arrodilla y tiende el brazo como un sufriente cristiano primitivo. Ambas actitudes, la digna y la humillada, se las arreglan sin apoyo artístico.

En América Latina los necesitados son tantos que aspiran a destacarse con trucos. Colombia es el bastión de los escritores sin páginas que recitan para subsistir. A propósito de El Lazarillo de Tormes, escribió Francisco Rico: “Cuando el pícaro asoma de verdad a las tablas no se le identifica por el planteamiento dramático, sino por el regusto narrativo”.

He conocido en Bogotá a pregoneros y lazarillos de diversa catadura. Una tarde recorrí el barrio La Candelaria en compañía de los escritores R. H. Moreno-Durán y Hugo Chaparro Valderrama. De pronto se nos acercó una mendiga del género oracular, que lanzaba profecías con elaborada gramática y tasaba sus horribles verdades en monedas de 200 pesos. R. H. la ignoró y ella le pronosticó un cáncer terrible. Hugo y yo cruzamos una mirada de espanto: nuestro amigo ya había sido invadido por el tumor que acabaría con él. Al escuchar la sentencia, R. H. mantuvo el rostro impasible de quien juega al póquer con la fatalidad, pero apenas pudimos cruzar palabra en el almuerzo que siguió después.

Otros mendigos bogotanos pertenecen al género lírico: saben de memoria un sinfín de poemas, pero sólo recitan el que le conviene al donante. Una firme intuición los lleva a saber de qué persona se trata y con qué versos se va a resquebrajar. Conocí a un maestro de esta categoría. Tenía unos setenta años y llevaba un bolso hinchado de poemas transcritos con caligrafía de hada madrina. Nos revisó con pericia y recitó: “Mientras, por competir con tu cabello, oro bruñido al sol relumbra en vano; mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello”.

Preguntó si nos interesaba la versión escrita y no pudimos dejar de comprarla. Recibimos además una rosa y la aclaración de que “lilio” es una voz antigua para lirio.

A categoría muy distinta pertenecen quienes convierten la amenaza en una perturbadora forma del afecto. En una ocasión llegué de noche a la Catedral de Bogotá, en compañía de varios amigos. La iluminación de la calle era exigua y un piquete de soldados inquietaba la escena. De repente, tras un árbol o unos arbustos, aparecieron unas figuras que parecían una prolongación del follaje. Costaba trabajo distinguir los ojos entre las revueltas cabelleras. Aquel grupo era liderado por un bulto que poco a poco se perfiló como una mujer colosal. Cuando estuvo suficientemente cerca para verle las marcas de hollín en las mejillas, abrió una boca en la que sólo quedaban dos dientes inverosímiles, como los colmillos de un jabalí, y exclamó: “¡Tengo tanta hambre que me voy a comer al más grande de todos ustedes!”. Desviamos la vista a los solados, repentinamente protectores. Entonces la mujer soltó la risa robusta de los ogros y extendió una mano de comienzos del mundo, hecha para abrir cuevas y aplastar fogatas. Nuestras monedas cayeron en su palma como pepitas de una tribu inferior.

Un mendigo negro que había olvidado su nombre, pero me pidió que lo llamara Magneli Rojas, como el esquivo delantero de la selección colombiana, me recitó en inglés a Dylan Thomas, y un hombre con ojos de zombi (lo blanco se había vuelto amarillo) me mostró el tatuaje que llevaba en el corazón: un círculo como el que el poeta José Asunción Silva pidió que le trazaran para no errar su tiro de muerte.

Hace apenas unos días iba con una amiga por una zona elegante de Bogotá, cuando un niño de unos once años se acercó a nosotros, hizo un ademán con una mano maravillosamente sucia y exclamó en un tono trabajado por sus muchos pregones: “¡Preciosa y Caballero!”. Después de este saludo no hacía falta que dijera otra cosa para obtener un billete, pero como se trataba de un cuentista, nos contó la increíble y triste historia de su gripe, exacerbada por tanto vender boletos para un concurso que sería magnífico y nos llenaría de asombros.

Émulos de Lázaro de Tormes, los mendigos del siglo XXI trabajan la lengua para salir de apuros. García Márquez amparó su biografía en el lema Vivir para contarla. No menos inventivas, las voces callejeras de Colombia, cuentan para vivir.

Quienes hablan por necesidad recuerdan el impulso original de la literatura, oficio que viene de una urgida pordiosería, del fuego de pobres que calienta las manos del príncipe y la niña perdida, de la doncella y el vagabundo, o de la preciosa y el caballero.

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