La habilidad de Daniel Sada para dominar los temas de la cultura popular mexicana se constata ante un mariachi. Lo he visto dejar sin repertorio a los eruditos de las trompetas y cantar como solista La flor del capomo, pieza que sólo conoce quien ha recorrido suficientes rancherías.
Nacido en Mexicali en 1953, el reciente ganador del ‘Premio Herralde de Novela’ aprendió a medir las sílabas en las canciones y de ahí pasó al romance español. Al comprobar que la métrica natural del idioma es el octosílabo, urdió tramas en verso que tenían la gracia de sonar a prosa de alta eufonía. Su resultado más robusto fue la novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, historia de un fraude electoral.
El prodigioso oído de Sada se comprueba en la grada de un estadio de béisbol. No necesita ver el campo para saber adónde es bateada la pelota. Por el sonido del golpe anticipa el fin de la jugada.
Sus edificios verbales surgen de una de las regiones más secas del planeta. A diferencia del neobarroco de Carpentier o Sarduy, que imita la vegetación feraz de Cuba, el de Sada se ubica en parajes donde sólo crece la sed. El desierto debería estar vacío. Pero la imaginación siembra ahí elaborados espejismos.
Gran conocedor de los westerns y la Biblia, Sada entiende de duelos bajo el sol. Sus personajes cruzan frases afiladas: hay que pensar muy bien lo que se dice a la única persona que se encuentra en varios días de caminata. Ahí la palabra es lo que se pronuncia por excepción, el fruto de la tierra baldía.
Celebrado por su lenguaje, Sada también es un notable constructor de tramas. Su novela Una de dos aborda la similitud y la diferencia de unas gemelas. Las hermanas Gamaliel son idénticas, pero una es el cuerpo del amor y la otra su sombra.
Afecto a las mezclas, el autor de Albedrío analiza películas de gánsteres a la luz de Aristóteles y sus historias tienen una sonoridad eterna y novedosa, el rap de la Odisea.
Cuando le pregunté cuál es el principal signo de unión entre México y Estados Unidos, este experto en la frontera contestó sin vacilar: “la comida china”. A veces lo auténtico viene de lejos.
La narrativa de Daniel Sada es una de esas raras maravillas.