En ocasiones descubrimos a un escritor que tiene la gracia de ser alguien a quien conocíamos como otro escritor. Tal es el caso de Benjamin Black, seudónimo de Benjamin Black con el que se ha reinventado John Banville.
Banville se inició como un autor eficaz e impersonal. En su trilogía sobre astrónomos (Kepler, Copérnico y Newton), los temas son más interesantes que la forma de abordarlos. No se anunciaba ahí una voz propia ni mucho menos la rareza que vendría después: dos voces propias.
Mientras se mantenía a flote gracias a las fatigas del periodismo, Banville se convirtió en el original narrador de El libro de la evidencia, El intocable y El mar. Sus libros cautivaron a la crítica, pero no al gran público. Esto explica parcialmente que firmara un contrato para escribir novelas policiales. Sin embargo, había algo más en ese gesto, la búsqueda de otra estética.
Es fácil pensar que Banville quería protegerse con un seudónimo al abordar un género “popular”. Más sugerente es pensar que quería asumir otro destino: necesitaba un heterónimo, alguien distinto, no sólo en su estilo, sino en su manera de ver el mundo. Black es veloz, directo, impaciente y compasivo. Su prosa es más tradicional que la de Banville, pero está al servicio de un personaje contradictorio, algo irresponsable, que se irrita y reconcilia con facilidad. Estos altibajos le dan sorprendente textura a los sucesos.
Escrita por Black, Christine Falls es una maravillosa novela negra que rebasa las convenciones del género y trata de un patólogo alcoholizado que conoce la muerte como ciencia y por vez primera la enfrenta como experiencia “viva”.
Ubicada en los años cincuenta, Christine Falls muestra los prejuicios que las “buenas conciencias” ocultan en los conventos y los orfelinatos, y los sueños que ahogan en una pinta de cerveza. Su gran tema es el secreto y los efectos que produce. También el protagonista sabe algo terrible que no ha dicho y sólo al final advertimos. Su investigación de revelaciones incluye la suya propia.
Banville empezó como un autor casi anónimo. Con insólito tesón, se hizo de una voz propia. Ahora tiene dos voces, tan convincentes que uno sospecha que se odian entre sí.