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El reloj enterrado

Juan Villoro

06 de noviembre de 2008 - 08:54 p. m.

El 23 de septiembre participé en las conferencias que se celebran en México sobre el movimiento estudiantil del 68.

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Las sesiones tienen lugar en una sala vecina a la Plaza de las Tres Culturas, donde ocurrió la masacre del 2 de octubre. A 40 años de los hechos las heridas apenas comienzan a cerrarse. Los responsables del crimen quedaron impunes y no se hizo justicia a los muertos ni a los detenidos. Por ello, la memoria adquiere un decisivo valor compensatorio.

Terminada la conferencia, la gente brinda testimonios que buscan completar una historia rota y silenciada. En España, los casos de las fosas comunes y de los papeles de Salamanca han mostrado lo necesaria que es una política del duelo para recuperar el tejido de una sociedad. No se trata de atesorar con victimismo un dolor pretérito, sino de entender de otro modo lo ocurrido para trascender el sufrimiento y establecer una legalidad que el derecho no impuso en su día. Una vez que esto se logra, el recuerdo deja de ser un proceso de investigación y gana perdurable autonomía.

Al respecto, me viene a la mente una anécdota de Elie Wiesel, quien fue niño en los campos de concentración y ha dedicado el resto de su vida a la ardua tarea de ser superviviente. Después de la Segunda Guerra Mundial regresó al pueblo en el que había nacido y encontró un escenario que parecía intacto. Las mismas casas seguían en pie. Sólo faltaban los judíos. Entonces recordó su última noche en el lugar, cuando su padre pidió que enterraran lo más valioso que tenían. Elie fue al pie de un árbol y enterró un reloj de oro. Recordaba bien el sitio. Al regresar al pueblo, se arrodilló y excavó con las uñas. El reloj seguía ahí. Elie Wiesel lo limpió, vio su carátula, admiró su resistencia. Era lo único que quedaba de una familia exterminada. Entonces hizo algo que a él mismo le pareció inexplicable: volvió a enterrar el reloj. ¿Qué encierra este gesto en alguien consagrado a la moral del recuerdo?

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La memoria entraña un doble movimiento: exige excavar lo que se ha perdido, pero una vez que se llega ahí el recuerdo adquiere fuerza para vivir por su cuenta y se transforma en algo concreto, resistente: una piedra, un reloj de oro.

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