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Durante el siglo XXI los habitantes de la Tierra superarán en número a todos los que antes poblaron el planeta. Por vez primera se alterará la balanza entre los vivos y los muertos. La frase con que los antiguos se referían al más allá (“me voy con la mayoría”) carecerá de sentido.
La primera consecuencia de esto tiene que ver con el uso del suelo. También el superávit de vivos acabará en el panteón y el extrarradio vale demasiado para destinarlo a sembrar cipreses.
¿Cómo honrar a los muertos que ya en vida padecieron las estrecheces de una habitación moderna? ¿Los países ricos comprarán necrópolis en los países pobres, iniciando así el colonialismo póstumo?
La solución inmediata parece ser la incineración, aunque no todas las culturas la aceptan. Recuerdo el diálogo que sostuve en Barcelona con un inmigrante musulmán cuya obsesión era volver al otro lado del Mediterráneo antes de morir. “No quiero que incendien mi cuerpo”, me dijo.
Para algunos, las llamas impiden llegar al más allá, para otros son el más allá. La cremación permite que las cenizas del tío sean esparcidas en su olivar favorito (o en las cejas de sus amigos, si el viento sopla en contra). Esta tendencia a integrarse a la naturaleza ha derivado en otra más lujosa. Un cable de Frances Press informa que “en la pequeña ciudad de Coire, la sociedad Algordanza recibe cada mes entre 40 y 50 urnas funerarias procedentes de todo el mundo… 500 gramos de cenizas bastan para hacer un diamante y el cuerpo humano deja una media de 2,5 a 3 kilos”. Con un par de parientes se puede hacer un collar digno de los Romanov.
De acuerdo con Montaigne, la filosofía es una preparación para la muerte. Diamantizar el cuerpo trae más prácticos consuelos: las joyas son portátiles y tienen valor de cambio. Quienes envidiamos a los conocidos que salen de un apuro con las alhajas de la abuela podemos ahora convertir a la abuela en alhaja. El precio oscila entre los 2.800 y 10.600 euros, según el peso de la piedra, algo razonable, si se toma en cuenta que en Alemania un entierro puede costar 12 mil euros.
El único problema es que el ADN desaparece en la incineración. Los diamantes son eternos, pero la personalidad es arrebatada por el fuego.
