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Un mejillón hermafrodita

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Juan Villoro
16 de enero de 2009 - 02:51 a. m.
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La contaminación ha traído una novedad a las costas del Cantábrico: el mejillón hermafrodita. Esta inocente criatura sirve para reflexionar sobre las mutaciones que el dinero produce en otras aguas.

Woody Allen ha sido fiel a un modesto modo de producción. Los actores le cobran poco, y en caso de que necesite a alguien más, se contrata a sí mismo (“me basta afeitarme para tener un papel”).

Si en El dormilón dirigía como si hubiera tomado un curso por correspondencia, en Zelig ya era un maestro del género. Hace unos treinta años, se celebraba más su talento de comediante que su habilidad como director. Hoy en día estamos ante el neurótico más célebre de Brooklyn. Allen transformó las relaciones humanas a tal grado, que nos tranquilizamos pensando que nuestros enredos son como sus películas. Su cine trajo una atmósfera inconfundible, la irónica antropología de la ansiedad.

¿Qué tan malo puede ser un genio? Se ha acusado a Allen de sobreproducción y él se defiende así: “Soy como la comida china; hago platillos distintos pero todos saben parecido”. La única originalidad de Vicky Cristina Barcelona es que no sabe a Woody Allen. El rollo primavera resultó artificial. El título con tres nombres propios se esfuerza por singularizar una obra insulsa. Ajena a toda paternidad artística, la película es un mejillón hermafrodita que por convención biológica se atribuye al director. Bardem protagoniza una trama de Los Ángeles de Charlie, pero con guitarra española. En su calidad de tetrabrik de testosterona, no tiene otra psicología que el deseo. No es un matador visto por Hemingway: ¡es el toro! Como en Emmanuelle, los apuestos actores deambulan por escenarios de lujosa sensualidad, pero su conducta está más cerca del infomertial turístico que del soft porno. Sólo cuando Bardem y Penélope se trenzan en un pleito en castellano hay algo verosímil.

Vicky Cristina Barcelona revela lo que sucede cuando el talento no tiente otro impulso que una oferta de producción. Allen no sólo hizo su peor película; logró el milagro de despojarse de sí mismo. Ajeno a todo sentido de la autoría, reflejó una Barcelona de revista de avión. La vida está en otra parte.

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