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Aguabonita

Desde Florencia, en Caquetá, hasta la vereda Aguabonita son unos 40 kilómetros. Dependiendo de la carretera y de las crecientes de los ríos, se gasta una hora o dos, según sea. Antes de fundarse el Antiguo Espacio Territorial para la Capacitación y la Reincorporación, no había nada. Un gran potrero. La tierra era de un cura, y el gobierno la quiso entregar en comodato a los firmantes del Acuerdo de Paz. Era 2016. Pero ellos prefirieron comprarla. El cura aceptó vendérselas a ellos antes que al gobierno y que se la fueran pagando. Se las dejó a muy buen precio. Y así fue. Con el dinero mensual que recibieron cuando firmaron el Acuerdo, los 129 firmantes se demoraron cinco años en pagarla. Lo hicieron a través de una cooperativa que fundaron entre todos y que es la dueña de la tierra, casi doscientas hectáreas, entre quebradas y planas, no muy lejos de la cordillera. Son un barrio, un pueblito, un centro poblado que, después de 10 años, no aparece todavía en los planes de ordenamiento territorial del departamento.

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Lo primero que llama la atención al llegar son los murales de las casas y que todo está muy limpio. Casi todas tienen uno. Hay de todo. Desde sus comandantes legendarios caídos en combate, hasta consignas revolucionarias y escenas de la vida en comunidad con la naturaleza. Tiene sentido. Es su historia, de ella vienen, desde ella se reincorporaron a la vida civil. Allí viven trescientas personas, entre quienes aún quedan muchos de los firmantes originales. Unos se han ido y otros han regresado. Muchas familias se reagruparon gracias al Acuerdo, y siguen viviendo juntas. Después de décadas. Otras decidieron probar suerte solas y lejos de los Espacios Territoriales. En Aguabonita la apuesta sigue siendo estar en grupo.

Los tres días que estuve me acordé de mi infancia. Las puertas de las casas permanecen abiertas, los niños pululan en sus bicicletas todo el tiempo, lejos de sus padres, los perros no paran de jugar con ellos, y la vida transcurre tranquila en tres o cuatro manzanas. Hay una biblioteca, una escuela de Básica Primaria, dos tiendas, un restaurante y unas residencias para alojar al visitante. Todo respira dignidad. Todo el mundo se colabora a través de un impulso natural que conmueve.

Sus habitantes reconocen que, a diferencia de ahora, en la guerrilla lo tenían todo, así fuera poquito. En la guerrilla a muchos les enseñaron a leer y les prestaban libros. Pero ya no más guerrilla. Ahora todo lo tienen que conseguir y en eso están desde hace diez años. Aunque los persigue el estigma de su pasado, no se arrepienten de haber dejado las armas y se sienten con fuerza para levantarse todas las mañanas a ganarse, como todo el mundo, el sustento diario. Tenían tanto afán de volver a ser campesinos que empezaron a sembrar de todo y se estrellaron de frente contra la realidad de los intermediarios, el clima, la infraestructura y la inequidad agraria.

No les ha sido fácil. Han fracasado muchas veces. Con la zapatería, con la panadería, con otros emprendimientos. Pero siguen. Casi todo lo han autogestionado. Los países garantes y la comunidad internacional les han ayudado mucho. Tienen ganas de aprender. Aprender oficios, a liderar pequeñas empresas, y viniendo de jerarquías muy verticales de organización, han sido capaces de sentirse unidos en la brega diaria y verse en el horizonte de un destino común. En fin, solo quieren vivir la vida. Y a ella se dedican porque saben perfectamente que la guerra no había que humanizarla como se decía por ahí. Había que acabarla.

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