Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En las lenguas reposa el espíritu de los pueblos. Gracias a ellas los pueblos dignifican su paso por el mundo y cantan sus penas, sus derrotas, sus alegrías, sus esperanzas, sus misterios. Al aprender una lengua nos humanizamos. Primero, la materna, y desde ella, cualquier otra. Porque hablar una lengua es construir todo un universo. Representarlo. Inventarlo. Hacerlo propio. Cada lengua tiene el suyo. Y existen miles de conexiones entre ellas, vale decir, entre la forma de nombrar e idear el mundo que tiene cada lengua. Las lenguas se nutren de otras lenguas al igual que los seres humanos nos nutrimos de otros seres humanos. Y cuando aprendemos otra u otras lenguas distintas a la propia ensanchamos nuestro propio horizonte para nombrar y existir.
Despreciar una lengua es despreciar a su pueblo. Que alguien declare que no va a aprender una lengua porque no tiene tiempo es comprensible. Pero si lo declara con altivez y alevosía es inaceptable. Y si quien lo declara es el presidente de Estados Unidos, es indignante. Así fue. El señor Donald Trump, ante una cumbre de presidentes latinoamericanos convocada hace pocos días por él contra el narcoterrorismo en Florida, de manera artera y caprichosa les espetó a todos sus invitados su verdad: no aprenderé su maldita lengua, les dijo, literalmente, y en la cara. Y que yo sepa, ninguno se levantó para protestar, o al menos para manifestarle su desacuerdo. Sobre todo, los que hablan español como lengua nativa, que eran la mayoría. Silencio de lacayos.
Nadie está obligado a aprender otra lengua si no quiere o no puede. Pero nadie puede despreciar de esa manera a una lengua porque eso significa tanto como despreciar a sus hablantes. Trump les dijo que para eso estaba Marco Rubio, el secretario de Estado, que habla español como su primera lengua. Pero que él no. Y no estaba haciendo un chiste, que, aunque de pésimo gusto, hubiera matizado la afirmación. Lo estaba diciendo muy en serio. No sobra recordar que más 68 millones de hispanos viven en Estado Unidos lo que representa aproximadamente el 20 % de la población total. La comunidad latina es la minoría más grande y de más rápido crecimiento, pues uno de cada cinco estadunidenses se identifica como hispano y habla español como su lengua madre.
Se puede colegir que el presidente Trump gobierna para la mayoría blanca que habla inglés. Yo, que nunca he tenido mayor talento para aprender otras lenguas, me encanta oírlas hablar e imaginar lo que dicen, lo que están nombrando. E intento leerlas y aprenderlas para hacer los cruces de caminos con la mía, pasando por el muerto latín y los maravillosos griego y árabe. Para Trump sólo existe el inglés. Para Trump sólo existe él. Para Trump sólo existe Estados Unidos. El Estados Unidos de él. Tal vez ese desprecio explícito por cualquier lengua distinta a la suya (incluido el alemán de sus antepasados) explique en parte por qué la guerra para él es un video juego donde mueren muñequitos y no seres humanos de carne y hueso. Por eso convendría que alguien le diga que, después de la Biblia, el libro antiguo más traducido a las lenguas del mundo, está escrito en la lengua maldita que no va a aprender, y fue publicado hace más de 400 años cuando la palabra Trump era para entonces un solitario tambor o quizás una pequeña trompeta.
