La Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire y la Educación como Práctica de la Libertad fueron escritos por el célebre brasilero hace sesenta años. Lo primero que se me vino a la mente con el nuevo triunfo de Luiz Inacio Lula da Silva como presidente del Brasil fueron ese par de libros, imprescindibles en la historia de la educación en América Latina y, por supuesto, definitivos en la humanización del significado de educar.
Freire murió en 1997 cuando Lula tenía 50 años y seguramente se conocieron. Cada uno, desde su ámbito de acción, procuraba un mundo más justo y próspero para su país frente a lo que se conoció como la sociedad cerrada brasilera, categoría fácilmente aplicable al resto de países de la región con apenas matices. Lula desde la creación del Partido de los Trabajadores en 1980 como obrero y sindicalista de la industria metalúrgica de su país y Freire desde una reflexión profunda sobre la naturaleza de la educación que la sacara de la dicotomía educador versus educando, y fomentara los principios democráticos en una sociedad para entonces neocolonialista y fracturada. Pero no como una cátedra, sino como una práctica que discutiere y discutiere los problemas y las agudas contradicciones de nuestro tiempo. Resulta interesante pensar que Freire pudo suponer una fuente de inspiración para Lula, al menos en lo que tiene que ver con sistemas reales de participación en la sociedad frente a lo que Freire llamara entonces la educación ingenua. Otro tanto ocurría, más o menos por la misma época, con la naciente Teología de la Liberación, liderada por otro brasilero, el exsacerdote franciscano Leonardo Boff, e inspirada en el lado más humano y comprometido del Evangelio y que denunciaba la pobreza como un pecado social.
Lo cierto es que ambos fueron perseguidos por la dictadura militar que en 1964 derrocó el gobierno y que duraría más de veinte años. Para entonces, todo lo que enseñara a pensar y a hablar de un sujeto autónomo que aprendía en el contexto del mundo y de sus semejantes, de un sujeto que no devolviera solo aquello que la escuela le había entregado, sino que transformara su vida y su propia realidad, significaba ser comunista y, por tanto, peligroso. La narrativa del enemigo común ya se había instalado como fruto de la Guerra Fría, mientras la región se debatía entre las botas de los militares y la consecuente asfixia de sus democracias de cartón. Difícil negar que eso fue así.
Freire se exilia durante 16 años y esparce por varios países su concepción de que la educación no puede ser un acto bancario de depositar conocimientos o información en el educando, al modo de una cuenta corriente o de ahorros, para después sacarlos con mínimos intereses. Durante su exilio fue profesor invitado de la Universidad de Harvard, entre muchas otras, y años después visitó nuestro país en varias ocasiones, promoviendo la discusión profunda del papel de la escuela. Hoy, por increíble que parezca, tengo dudas de que el Ministerio de Educación le hubiera permitido venir ,a juzgar por los vientos que corren de ver enemigos por todas partes y peor aún, de imaginarlos.
Soy consciente de los errores y el desgaste del presidente Lula en sus administraciones pasadas. Hay comentaristas expertos en ello. Pero nadie le puede negar la reducción de la pobreza de millones de sus compatriotas y su apuesta y compromiso por la Amazonía, el cada vez más maltrecho pulmón del mundo. Mis amigos brasileros me aseguran que la torpeza de su contradictor político Flavio Bolsonaro, que lo ofendió en el último debate por televisión llamándolo el “nueve dedos”, y anunciando que de ser presidente indultaría a su expresidente padre, condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado, acabaron por hacerlo sucumbir. Menos mal. Y no parece una cifra menor que con una diferencia de cuatro millones de votos Lula haya podido disputarle en franca lid la segunda vuelta después de haber perdido, también en franca lid, la primera. A pesar de que había anunciado que si perdía tomaría el liderazgo de la oposición política en su país, Bolsonaro huyó hacia Estados Unidos a refugiarse donde su amigo, el presidente Trump. Al otro día de haber perdido.
No es de extrañar. Trump acababa de declarar, como lo hizo en su propio país cuando lo derrotó el candidato Joe Biden, que el triunfo de Lula, reconocido por el partido de Bolsonaro, había sido amañado y, fiel a su estilo, lo aseveró sin pruebas. Tal vez lo dijo porque sabe que la décima economía del mundo no se plegó a sus designios, y que el patio trasero de su casa que cree que es América Latina, tiene un país con un letrero que dice: no se vende.