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Compras

Juan Carlos Bayona Vargas

16 de enero de 2026 - 12:42 p. m.

Salir a la calle, aunque no siempre seamos enteramente conscientes de ello, es un acto de fe. Y en ocasiones ocurren pequeñas historias como la que paso a relatar, que lo reivindican a uno con la vida y con lo que se conoce como capital social, es decir, la confianza que se tiene en todo lo que nos rodeará una vez hayamos dado el primer paso, desde un semáforo, la justicia, nuestros semejantes, las normas que nos ayudan a vivir, pasando por los miles de códigos que hemos construido del mundo conocido.

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Pues bien, haciendo a un lado mi aversión natural a hacer compras, no tuve más remedio que llenarme de valor y acudir a una de esas grandes superficies comerciales donde se encuentra, literalmente, de todo. Para mi fortuna, el período de vacaciones fue la causa para que el inmenso almacén estuviera transitable. Me fui relajando y confieso que disfruté de la buena atención de los dependientes, de los pasillos semidesiertos donde incluso llegué a jugar como un niño con el carrito que me acompañaba, y donde pude encontrar todo cuanto estaba buscando.

Una vez en las máquinas registradoras, y a pesar de la escasa fila, me decidí por pagar en las que uno mismo gestiona sin necesidad de nadie. Tuve mis dificultades, pero como era tal mi buen humor, logré escanear todo y pagarlo sin apenas demorarme. Una vez en mi casa, al darme cuenta del mensaje del banco, fui consciente del dineral que había pagado. Lo atribuí a las alzas de enero. Estaba equivocado. Al revisar la factura de compra, cosa que jamás hago y que por fortuna encontré en las bolsas, me di cuenta de que había registrado dos veces el artículo más caro y en consecuencia había pagado el doble. Mi estupidez había invertido las promociones comerciales: pague dos y lleve uno. Sentí que caía en un agujero negro, no por mi torpeza, sino por lo que me esperaría al volver al almacén y explicar lo sucedido.

La fila de atención al cliente ya estaba larguita. Mientras esperaba mi turno repasé, factura en mano, lo que iba a decir. Laura, una muchacha amable, me comprendió al instante y me remitió a donde Ricardo, el jefe de registradoras. Si él lo autoriza tiene que volver aquí, me advirtió. Busqué a Ricardo. Al primero que encontré con uniforme del almacén le pregunté: Soy yo, me dijo. Y empecé a contarle el itinerario de mi impericia mientras le daba las saludes que Laura le había enviado.

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No alcancé a terminar completamente la historia cuando me interrumpió y me dijo que no me preocupara, que ya lo vamos a arreglar. El uso de la primera persona del plural me llenó de alegría. Porque cuando los problemas son de varios es más fácil, así sea uno solo el que los ha causado. Lo acompañé a su puesto de trabajo y allí me firmó en la factura la autorización para volver a donde Laura y esperar unos códigos que llegarían a mi teléfono en uno o dos minutos. Le agradecí y le expresé que no sabía que era tan fácil desenredar el nudo en que mi torpeza había metido al almacén. Bueno, me dijo. La verdad el procedimiento es más complejo. Hay que revisar las cámaras, y llegado el caso cotejar el inventario con las ventas. Para eso usted tiene que hacer una solicitud por nuestra página web y esperar la respuesta en unos cuatro o cinco días.

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Entonces por qué no hizo nada de eso, le pregunté maravillado. Porque confío en usted, me dijo sin pensarlo. Con el dinero efectivo en mi billetera y de regreso a mi casa, me sentí dichoso por Ricardo, por Laura, por mí. La confianza diluye los prejuicios, acerca los espíritus, ennoblece la especie. Cuánta falta nos hace.

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