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Juan Carlos Bayona Vargas
20 de febrero de 2026 - 11:30 p. m.
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Hace años, con unos amigos, entramos a un bar al que nunca habíamos ido. Uno de nosotros le preguntó al mesero que nos traía las copas si el bar era seguro. Lo hizo por pura curiosidad. El joven respondió sin dudarlo. Claro, como por aquí nunca viene la policía. La ocurrencia tomada en serio me sirve para explorar un poco el título de esta columna.

Aunque creo que lo verdaderamente importante también ocurre de puertas para adentro de la casa donde habitamos, la vida interior, incluso con su bienhechor aburrimiento, también puede ser muy tediosa. Y cuando uno cruza su umbral, automáticamente, entran en juego todos aquellos códigos que nos hemos dado como sociedad, desde ponernos de acuerdo en qué significa el rojo de un semáforo, hasta los valores más elevados del altruismo como la solidaridad y la compasión y el perdón.

Dicho lo mismo de otra manera, al salir a la calle esperamos de los otros que se comporten igual a como ellos lo esperan de nosotros. Que no haya discusión en los códigos: rojo para parar, amarillo para prepararse para parar y verde para seguir la marcha. Y así con muchísimos otros. Podríamos decir que una sociedad educada se fija más en los mensajes unívocos de los códigos y no en la interpretación que nuestros semejantes hacen de ellos. Y yo, es decir, todos.

Una persona educada tiene una conducta predecible. Sé qué puedo esperar de ella. Cómo se comportará. Si camino por un paso de cebra es porque hay un ícono de ciudadano anónimo iluminado de verde y al que se le ve caminando. Ese soy yo. O cualquiera. Pero si cuando empiezo a atravesar el paso de cebra debo cerciorarme constatando si el mensaje es el mismo para los conductores, eso significa tanto como que no tengo la suficiente confianza en los otros y la lectura que hacen de los códigos. Pierdo, en consecuencia, la confianza en el pacto invisible de que ahora, como peatón, tengo el paso.

El daltonismo ético que les endilgo a los otros es el mismo que ellos me endilgan a mí. Recuperar la confianza en todo lo que me rodeará cuando salgo de mi casa cuesta décadas. Por demás está decir que al revés la desconfianza también opera. No es sino fijarse que cuando el ciudadano eléctrico, antes de verde, está estático y perfectamente rojo, los conductores con el derecho de avanzar hacen bien en cerciorarse de que no haya un peatón que no quiso entender el valor y la belleza universales del acuerdo. Los despistados son otra cosa.

El socorrido ejemplo del tráfico es apenas uno de los muchos para hacer ver cuánta confianza hemos perdido como sociedad: en las instituciones, en los vecinos, en la Iglesia, en los funcionarios, en el Congreso, en los políticos, en una palabra, en nosotros. Es muy difícil disfrutar la vida desconfiando de todo y de todos.

¿Dónde se empieza a crear confianza?

En la escuela. Es allí donde los niños aprenden que la única manera de confiar en sí mismos es aprender a confiar en los otros, en sus maestros, en sus amigos. En la escuela debe estar permitido equivocarse para poder aprender. En la escuela se desactiva la primera pulsión agazapada de la desconfianza; en la escuela se experimenta, se ríe, se juega, se llora, se pierde y se gana en unas pocas horas, y se aprende que todo importa y que todo no importa. Pero, sobre todo, en la escuela ocurre todo eso porque para llegar a ella tuvimos que tomar el riesgo de salir de casa.

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Jorge Urrea(97897)Hace 1 hora
En Medellín no hay seguridad en las aceras, por ellas circulan motos, que aparecen al voltear una esquina o salen raudos de un garaje de motos, muchos no respetan el rojo de los semáforos. Los peatones vivimos en tensión permanente.
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