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De leyes y desafíos

Juan Carlos Bayona Vargas

21 de agosto de 2026 - 06:09 p. m.

La Ley General de Educación que rige nuestro sistema educativo se promulgó hace 32 años. Fue una ley ampliamente discutida y concertada, hija dilecta de la Constitución Política de 1991. En ella, entre otras muchas cosas, se les otorgó a las instituciones escolares la posibilidad de dirigir sus pasos, de poner sus énfasis, de establecer sus prioridades.

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Eso, aunque parezca mentira, no había pasado, así de explícitamente, al menos desde la Constitución de Rionegro de 1863. Históricamente, siempre fue el Estado (y su socio, la Iglesia Católica) el que dictaba, casi literalmente, lo que había que enseñar, lo que no había que enseñar y cómo había que evaluarlo. Los disensos se contaban con los dedos de las manos y eran mirados con el ojo inquisidor de las suspicacias.

Una apuesta por la autonomía así, como la que la Ley en sus líneas y sus entrelíneas consagró, era inédita al menos en el siglo pasado. No es un hecho casual que el Concordato con la Santa Sede se hubiera firmado tan solo un año después de la promulgación de la Constitución de 1886, que, como sabemos, duró 105 años y dio inicio a lo que conocemos como la Regeneración conservadora. Más de un siglo nos tomó declararnos como un estado laico. Apenas ayer. Un estado laico es una forma sofisticada del respeto.

En muchos sentidos no estábamos preparados para asumir el desafío de la autonomía. Hay que reconocerlo. Por muchas razones. Y no lo estábamos porque siempre es más fácil y cómodo que a uno como maestro le digan el qué, el cómo y el porqué de lo que tienen que enseñar, antes que construirlo con la comunidad educativa, atendiendo a los contextos y a las expectativas e intereses más acuciosos de los estudiantes, tanto como al talante y al estro propio de cada escuela.

Pero el germen sobrevive a pesar de nosotros y gracias a nosotros, los educadores, aunque sea duro afirmarlo. Pienso que en estos tiempos que corren es más urgente que entonces educar para la democracia, para entender la política y, si esa fuese la decisión, para actuar en política.

Por supuesto que no se trataba de que cada escuela hiciera lo que se le ocurriera. La ley promulgaba unas normas generales y unos objetivos definidos para regular el servicio educativo. Definió las bases de la primera infancia, la básica primaria y secundaria y la educación media o últimos dos grados del bachillerato. Dividió, por ejemplo, las áreas obligatorias del conocimiento en nueve, a saber: ciencias naturales, ciencias sociales, educación artística, educación ética, educación física y deportes, matemáticas, educación religiosa (no obligatoria), tecnología e informática, y humanidades y lengua castellana e idiomas extranjeros.

Después de más de treinta años, sería una falta de criterio total que la escuela siguiera apegada a la letra de Ley, y no entendiera su espíritu, mucho más con el avance impensado e imprevisible de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías digitales. La creciente sensación de que como sociedad nos están manejando unos sutiles pero acerados hilos invisibles de relaciones de poder y consumo no es un invento de filósofos insomnes. Nos gobiernan, nos controlan, nos teledirigen.

Tomar esas áreas del conocimiento y transformarlas en temas reales de conocimiento supondría todo un desafío curricular que les daría agencia al maestro y a los estudiantes, dependiendo de su nivel de desarrollo y conocimiento, y que les permitiría crear grupos de investigación escolares.

Hablar de narcotráfico, de las nuevas formas de dominación, de pájaros y de árboles, de derechos civiles, de energías alternativas, de salud pública, de cambio climático, del poder de la palabra, de las finanzas públicas, de tribus urbanas, de sonetos y arte abstracto, de las vitrinas como poderosos imanes de la dominación, de los ríos de basura que circulan en las redes, de la solidaridad y la soledad, de Dios y de los dioses, sería una forma interesante de conectar, al menos la Media Vocacional que estableció la Ley, el aula, con la realidad de todos los días y las noches. Estos, y muchos otros, no serían temas incidentales o esporádicos. No. No son marginales. Son asuntos contemporáneos inaplazables que, a mi juicio, deben ponerse sobre la mesa de la escuela. Tal vez no todo el tiempo (cada escuela irá viendo), pero sí como una forma de despertar la usual modorra de la formalidad de las áreas y su inveterado sopor.

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No para satanizar o estigmatizar. Para entender, para pensar, para encontrar un espacio donde el sujeto que se está educando sea eso: un sujeto que no se someta a ser una partícula minúscula más del big data.

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