Poco tiempo después de haber empezado a dedicar mi vida a la educación, comprendí en medio de mis primeras escaramuzas con el sistema escolar, que la escuela debía enfocarse más en formar el carácter de sus invitados antes que a otra cosa. La inteligencia o el cuerpo también, y por supuesto los conocimientos, pero todos ellos girando, cada uno en su propia órbita, alrededor de la estrella mayor del carácter.
De aquellos primeros desencuentros con la institución escolar a hoy han pasado cuarenta años y sigo creyendo más o menos lo mismo. Para entonces las emociones de los estudiantes y su relación con la integralidad de su formación permanecían agazapadas, y los planes de estudio eran enciclopédicos y soñolientos. Aprender de todo parecía ser la consigna, así se olvidara más temprano que tarde lo aprendido.
Hoy las cosas han cambiado, pero aún se siguen pareciendo mucho, con nombres diferentes, a las que hacíamos en los años ochenta. Nos sigue dominando todavía una mirada controladora de la escuela, cautiva por las presiones de las familias y las incertidumbres de todo tipo que la circundan. Nadie va en contravía. En razonable contravía.
Entiendo por carácter la huella que cada uno trae impresa, más o menos oculta, más o menos definida. Aunque dúctil, el carácter de cada quien son las señas de identidad propias que, como sus huellas dactiloscópicas, son únicas. Formar el carácter es, de una parte, permitir que nuestra forma de ser y estar en el mundo se exprese con el coraje y las habilidades necesarias para sernos fieles, y de otra, que ese carácter se consolide y se transforme en el contacto con los otros, porque es en ese ejercicio incesante de contacto con los otros en donde el carácter adquiere su razón de ser y sus fronteras. Tener carácter no significa gritar o agredir. Significa ser capaz de expresarse sin hipocresía, consciente del valor sagrado de la palabra y las responsabilidades que ella nos exige, sin perder de vista jamás, como diría Martí, que es la misma luz del sol la que nos calienta tanto como la que nos quema.
Descomunal tarea la de los maestros. Permitir que cada quien se parezca sólo a sí mismo, pero que a la vez se vea reflejado en el espejo de sus semejantes. A lo primero se llama identidad, y a lo segundo empatía o compasión o respeto. Y ambas se aprenden, vale decir, se educan. La escuela está llena de oportunidades y escenas propicias para construir tanto la una como la otra, pero no desde la competencia pura y dura, sino desde un lugar donde sean verdad los aprendizajes colaborativos y las activaciones previas del conocimiento que, bueno es recordarlo, cada estudiante trae consigo. Tan importante e inaplazable es permitir y provocar que el mundo que aprendo en la escuela sea el mundo que veo desde mis ojos, como aprender a verlo desde la perspectiva de los ojos de los otros. Las dos cosas. ¿O es que alguien sigue pensando que no tiene nada de reprochable construir mi felicidad sobre las desgracias del otro?
El carácter es, en definitiva, formar lo que somos, enseñar a vivir desde lo que cada uno es y tiene atesorado, muchas veces sin saberlo, en el fondo de su ser. Y si a alguien le sobra carácter, es a los niños. Más agazapado en unos que en otros, menos evidente en unos que en otros, el carácter late e intenta salir a la superficie del aula desde el primer día si encuentra un medio propicio para hacerlo. A veces impulsivo, a veces tímido, a veces trémulo, el carácter siempre está en constante ebullición y puja consigo mismo por existir. Al decir del poeta, yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas.
Una escuela que crea en que los estudiantes no acuden a ella sólo para estudiar y luego presentar una prueba para obtener una nota, haría muy bien, en mi opinión, en ejercitar también la formación del carácter a través de proyectos comunes, como el teatro, los deportes y las artes en general, sin perjuicio de las demás asignaturas. Claro, los niños y los jóvenes con carácter pueden llegar a ser incómodos para un sistema escolar. Porque controvierten, dudan, preguntan, interrumpen, señalan. El carácter les ayuda a los niños a prolongar los esfuerzos, a admitir sus fracasos, a aceptarse como son, a ser solidarios. Sin embargo, y más importante que todo eso, es que cuando crezcan y se hagan adultos, tal vez el carácter les ayude a no firmar un contrato tramposo y a nombrarlo como lo que es, mientras los que carecen de él lo más probable es que harán cuentas y se frotarán las manos.