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De niños y adultos (III)

Juan Carlos Bayona Vargas

24 de abril de 2026 - 12:10 p. m.

Muchas cosas nos hacen humanos. Muchas otras nos envilecen. Casi por igual, somos capaces de las más nobles y bellas acciones, como de las más viles. Por eso, cuando entré por primera vez a una escuela supe que allí estaba la humanidad en toda su extensión. ¿Qué nos hace humanos, me preguntaba, después de un cierto cansancio filosófico y de tanto estudiar en la universidad que nunca me hizo ver que todo empezaba justamente allí, en la escuela?

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Cuánta arrogancia la de los adultos para mirar la escuela. Para entonces solo tuve algunas pocas clases de didáctica y de historia de la educación como historia de la cultura, al modo del entrañable profesor Jaime Jaramillo Uribe. Los niños me acercaron de inmediato y sin mediaciones teóricas a todo aquello que nos hace humanos. La capacidad de perdonar, la capacidad de aprender a cantar mejor que los pájaros, la certeza de que a través del arte mejoramos y transformamos la hermosura de la naturaleza, el instinto natural de hacer preguntas que les brota todo el tiempo y que no da tregua, tanto como la certeza de que a pesar de que somos seres provistos de memoria, podemos cometer varias veces los mismos errores. O muchas veces. Los niños no saben que cocer los alimentos también nos hace humanos, pero intuyen que convertimos nuestros miedos en dioses, nuestros árboles en mesas, nuestras observaciones en leyes matemáticas o poesía, y nuestras aspiraciones vitales como especie en constituciones políticas o leyes del mercado.

Claro que a veces sufren. Es inevitable. Pero suele ser pasajero. Y a diferencia de nosotros, los adultos, tienen una capacidad única de empezar de nuevo como si nunca antes. Lejos del rencor y las habitaciones secretas y con llave en donde guardamos el cardo oscuro de nuestros resentimientos. A pesar que son seres, por definición, dependientes, viven libres en un mundo de realidades simples. Pueden convertir cualquier cosa en otra cualquiera, y los habita por igual la imaginación y la risa, la esperanza sin credo y la inocencia que sólo le basta creer para existir.

Los niños no se fijan en nuestras miserias y las miserias del mundo. O no las ven. Y aunque saben que existe, no ven la muerte y habitan el mundo como si jamás se fueran a morir. Juegan. Se divierten todo el tiempo y cuando se aburren, los adultos nos ponemos nerviosos cuando lo único que quieren es inventar otro juego o repetir uno que estaba perdido para poder conversar consigo mismos o con los otros. Les cuesta mucho el silencio. Menos mal. Y sólo se callan si algo más poderoso los ha cautivado, y que, en lo posible, no tenga cara de orden sino de historia, de relato.

Conozco grandes maestros que serían incapaces de entrar a un preescolar o a una escuela primaria. Los supera. Y lo declaran con tanta sinceridad como rubor. Estan aprendiendo a hablar, a expresarse, a incorporar el lenguaje como fuente vital e inagotable de su humanidad. Los entiendo muy bien. A los maestros, digo. Los niños discuten y riñen para poderse entender, los adultos, en cambio, lo hacemos cuando ya no nos podemos entender. Y así nos va.

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