Lejos de la romantización de los niños, tan propia y natural de los afectos familiares y de la querencia a verlos como seres adorables (que lo son), lo cierto es que los niños también pueden llegar a ser dictadores deliberados e individuos arbitrarios, dominados por un narcisismo que entiende a los otros como un mero objeto que existe y no como otra persona.
Si bien la tendencia primaria de los niños es en extremo autorreferencial, no significa ello que no sean capaces de ir distinguiendo, poco a poco, que el mundo lo pueblan otros seres humanos que no son cosas sino personas únicas e irrepetibles como las que ellos son. Ese proceso es fascinante. Dura años y es el campo privilegiado de la infancia, donde, al decir de Rilke, está la patria. Ir saliendo de sí mismo hacia los otros supone, en primer lugar, reconocer que los demás tienen un mundo interno que no me pertenece pero que me rodea y, por tanto, me configura.
El éxito o fracaso de ese proceso depende, para quienes creemos en que la educación es la única arma cargada de futuro que existe, de la escuela y de la forma como me abrigue, me consuele, me limite, me potencie, en una palabra, me forme. Formar es emparentar los espíritus desde la particularidad irrepetible que les es propia. Formar en la común unidad significa reconocernos como especie y, para ello, poner de primero la cooperación antes que la competencia.
Hoy sabemos que eso ocurre desde el primer día del preescolar, porque desde ese primer día entran en escena y para siempre los otros. También sabemos que la aparición de los otros con todas sus consecuencias es la posibilidad cierta del reconocimiento de mi propio yo, y del largo y sinuoso pero indispensable camino de los acuerdos.
Ya no podemos seguir viendo en el niño a un adulto pequeño o peor aún a un ser que, al alero de los versos de Serrat, hay que domesticar. La importancia del preescolar debe estar liderada por adultos sensibles, pacientes, sabios y con un gran sentido del humor. A todos los maestros y maestras con quienes trabajé en mi vida, y a quienes les encomendábamos la primera infancia, les pedía que me contaran un chiste o una pequeña historia que hiciera reír a los niños, que los cautivara por unos minutos. Las ocurrencias eran de todo tipo, y a muchos les costaba trabajo y les parecía, aunque no lo declararan, una tontería. Intentar bucear la mente de los niños desde la perspectiva de ellos mismos le cambia a uno la propia, pero sobre todo, desactiva la lógica adulta con la que usualmente leemos y queremos comprenderlos.
Hace casi tres siglos, desde el primer libro de El Emilio, Rousseau advierte que va a estudiar la condición humana, no a los niños en particular, y que es justamente la inclusión de los seres humanos en una sociedad políticamente constituida, la que justifica el origen y los desvelos de la pedagogía. Su contrato social es el delta racional al que llegamos todos, de manera que las intenciones pedagógicas son inseparables de las intenciones políticas, religiosas o morales.
Si durante décadas el cuento de cumplir siete años como el punto de partida para entrar a la edad de la razón nos gobernó, y en ese sentido también lo hizo una mirada hermética y adultocéntrica que cubrió otras, hoy es imperioso aceptar que los niños tienen intereses más importantes que los que se les suele reconocer mucho antes de cumplir esta edad. Los niños, bueno es recordarlo, prefieren correr antes que caminar; gritar en lugar de hablar; e imaginar a cambio de pensar, así esos dones subviertan el orden lógico esperado e irriten con neurótica frecuencia al mundo adulto.
Los niños se mueven para poder preguntar y preguntar es el primer paso del pensamiento. Es justo a través del juego y la actividad física en donde suelen aparecer las mejores preguntas. Una escuela con los niños sentados y en fila permanentemente es un invierno mental, porque los niños no elaboran sus relaciones en abstracto ni en silencio ni mucho menos quietos. Los adultos sí. Los niños lo hacen jugando. En el juego se abona el terreno para una personalidad sana porque nos ejercita para entrar en relación con los otros sin tener el control. El control es un acuerdo, un consenso. Y eso se aprende desde la educación inicial. Aquel adulto que no lo hayan educado en ese proceso tan complejo como indispensable acabará viendo en el otro un cuerpo sin alma, un cuerpo apenas que anda por ahí para su servicio, para su feudal servicio.