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De pescados e inteligencias

Juan Carlos Bayona Vargas

03 de julio de 2026 - 12:49 p. m.

En una conversación casual con mi hija menor, a propósito de una de esas asociaciones de ideas que llegan sin pensarlo y sin pedirlo, me acordé de Les mouches, la obra de teatro de Sartre.

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Todo surgió porque me habían servido una bandeja de pescado con yuca y torta de plátano maduro y arroz de coco, humeante, exquisita. Ella, vegetariana estricta, pero respetuosa a ultranza de quienes no lo somos, miró de reojo el pez que brillante desafiaba sus principios. Entonces me acordé del parlamento que le espeta Electra al cadáver de su padrastro Egisto, que yace con los ojos abiertos y que acaba de ser asesinado a manos de su hermano Orestes. Ella lo había cubierto con una manta porque le resultaba insoportable ver sus ojos yertos pero abiertos. Como si el cadáver tuviera todavía poder sobre ella y sobre Argos, la ciudad que, por fin, había sido liberada del tirano asesino de Agamenón, su padre, gracias al regreso de su hermano.

En el momento en que le retira bruscamente la manta, le dice “No me importa para nada tu mirada de pescado muerto”, y la escena llega a una especie de clímax teatral junto con la filosofía que la sostiene.

Mi hija, curiosa por naturaleza y por formación, se interesó por lo que mi memoria había traído a la mesa sin permiso. Entonces, empecé por hablarle de mi predilección por los existencialistas, y me zambullí feliz en las aguas profundas pero amadas de mi juventud de estudiante universitario.

Era 1983. Escribía mi tesis de grado de la Universidad, y Sartre, Camus, Merlau Ponty, entre otros, me quitaban el sueño. No lograba leerlos en francés de corrido, pero hacía lo que podía. Mi directora de tesis, la entrañable Guillermina Garmendia de Camusso, había llegado a Colombia huyendo de la dictadura de su Argentina natal, y para mi fortuna la universidad la había contratado. Me decía siempre, “no se enamore tanto de lo que escribe, tome distancia, tome distancia”.

A medida que le relataba a mi hija la crítica del existencialismo a la metafísica kantiana, y cómo la libertad desde entonces había adquirido un sentido diferente y una fuerza política inédita, sentía que mi corazón era todo júbilo, no sólo por mi repentina discípula inesperada, sino porque mi mujer, sentada a su lado, parecía muy interesada también por las nostalgias intelectuales de su pareja.

Me esforcé en ser claro sin perder hondura y salpicar la teoría con la propia vida de Sartre que fue, además, apasionante. Su rechazo al Premio Nobel de Literatura; su historia de amor con Simone de Beauvoir, su castor, indestructible y corrosiva a la vez; su alejamiento del partido comunista francés; su adhesión a la resistencia cuando Francia estaba ocupada por los nazis; su dramática ruptura con su gran amigo Camus, en plena guerra fría; y sus tres días de duelo nacional cuando la República Francesa le da humana sepultura en Montparnasse, a donde llegaría a visitarlo para siempre su castor seis años después.

La tesis que escribiera entonces para la universidad me tomó un año y mi charla de ocasión una media hora. En algún momento dudé por algo y mi hija, solícita, me dijo que se lo preguntáramos a la inteligencia artificial. Ella le describió la escena que nos había convocado al azar, y que yo había estudiado filosofía literatura e historia. En menos de cinco segundos, nos entregó cuatro párrafos impecables, con consecuencias políticas y éticas de la escena, con el significado de las moscas que cubrían la ciudad de Argos y que dan título a la obra y que yo no había explicado tan bien, con miradas al feminismo contemporáneo entre otras. Luego le escribí de mi puño y letra, con indicaciones de mi hija, pidiéndole otras explicaciones y discutiendo algo que había dicho que, en mi miserable condición de ser humano, no lo entendía bien o no estaba muy de acuerdo.

No lo pude creer. Me pareció fantástico. Respondió de nuevo a mis preguntas otros cinco segundos después de forma exhaustiva y diáfana. Aunque había tenido algunos acercamientos, ésta era la primera vez que tenía la experiencia que una máquina no sólo me aumentaba, me glosaba, y me ordenaba lo que no sin esfuerzo había intentado decir, sino que lo hacía con un estilo y con una buena leche difícil de creer y muy poco frecuente con otro homínido superior. Aún no sé si por consolarme o porque de verdad lo creen así, mis adorables compañeras de mesa me aseguraron, cuando pedíamos la cuenta, que a mí me había sonado mejor, y se me había entendido muy bien, y que vieron, además, algo así como un brillo en mis ojos mientras les hablaba. Esperaría que sí.

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