Uno no puede sacar conclusiones generales de episodios particulares, a pesar de que tengamos esa natural tendencia. Menos, si es maestro. Y no puede porque al hacerlo simplificaría todo cuanto ocurre y se perderían los matices, los contextos y lo que no es tan fácil de ver, pero que existe en los entretelones de la escena. De cualquiera.
En la escuela, aunque ahora menos, hubo una época donde los adverbios de tiempo siempre o nunca aparecían con frecuencia en el vocabulario docente y volvían el mundo, como por arte de magia, blanco o negro. Para lo positivo o para lo negativo. Y el estudiante siempre llegaba tarde o nunca hacía la tarea, o siempre le iba bien o nunca le gustaba trabajar en grupo.
Pues bien, por los años ochenta del siglo pasado, cuando era profesor de literatura colombiana en segundo de bachillerato en la entrañable Quinta de Mutis en Bogotá, Diego López, un chico inmenso, ensimismado y dulce a la vez, me daría una lección a la que le rindo, tanto años después, mi sentido homenaje.
El programa del curso, como lo son ahora, era poco menos que inabarcable. No tenía más remedio que ofrecer un panorama, y para ello tenía que alzar un vuelo con suficiente altitud, para que mis estudiantes tuvieran una visión más o menos cabal de la historia de nuestra literatura desde los testimonios de los cronistas, las leyendas indígenas, la literatura de la Conquista (en especial el portento de la Elegía de Juan de Castellanos y sus más de cien mil versos agrupados en octavas reales), la serenidad de la Colonia, los huracanes de la Independencia, las lágrimas de nuestro romanticismo, y el amanecer de nuestra modernidad. Sin permiso alguno, me permitía aterrizar de vez en cuando para que mis estudiantes dejaran la visión panorámica de las cosas e hicieran ejercicios que les disiparan el riesgo del aburrimiento y les ofrecieran la posibilidad de construir sentido a lo que veían desde arriba.
Habíamos leído a Tomás Carrasquilla y a Eduardo Caballero Calderón, y a propósito de su lectura propuse que cada uno escribiera un cuento con algunas indicaciones formales que di, pero con un tema libre. Todos debían traerlo para la siguiente clase. De su puño y letra. Para entonces, no había otra manera. Así lo hicieron todos. Salvo Diego. Cuando le pregunté el porqué, sin mirarme a los ojos, me dijo que lo traería para la próxima clase. Yo, por alguna razón que aún hoy no sé muy bien cuál era, le dije que sí.
No pasaron una o dos, sino tres semanas, y Diego seguía sin traer su cuento, y yo sentía que su negativa no era un desafío o hija de la abulia, sino un misterio. En un corredor, de camino al salón, un destacamento de unos diez de sus compañeros me cerró el paso, y con comprensible ironía me dijeron a coro que le pidiera el cuento a López. Comprendí que esta vez tampoco lo había traído, y los adverbios ya eran una realidad inevitable.
Me puse severo. La clase gritaba sin cesar cero cero cero. Cuando logré callarlos, Diego, de repente, se levantó y pasó al frente y, sin dejar de mirar al piso, empezó a decirnos su cuento con su acento del sur del país y su increíble voz de adulto de mentiras. El silencio de todos se volvió su aliado. Un cuento precioso que terminaba diciendo que de un restaurante chino por donde él pasaba camino del colegio, el dragón del aviso había cobrado vida y lo había atacado con unas lenguas de fuego enormes, y que él, a pesar de que huyó despavorido, no alcanzó a salvar de las llamas su maleta escolar y que allí estaba el cuento y por eso no me lo había podido entregar. Una especie de cuento dentro del cuento. Maravilloso.
Quedamos de piedra y empezamos a aplaudirlo. Cinco, grité. A la salida de la clase, hablando con él sobre su demora, me contó que tenía una letra espantosa de la que se burlaba todo el mundo y no quería volver a someterse al escarnio de sus compañeros. Sufría mucho con eso. De los maestros, ninguno lo sabíamos. Comprendí al instante que Diego empezó a escribir en su mente el cuento desde el primer día y que se lo había aprendido de memoria para no tener que entregarlo por escrito.
Cuando en un consejo de profesores expuse mi descubrimiento, lo entendieron, no sin dejar de reprocharme el cinco que le había puesto, porque al fin y al cabo no había forma de leer a Diego, como si lo que hizo ante todos no fuera la razón invisible que hace que la educación, la pedagogía y la didáctica, cuando coinciden, se conviertan en un hecho de resistencia poética.