Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En el barrio La Cabrera, en Bogotá, hay un hombre sentado en un andén y recostado contra un muro de piedra. No lo había visto nunca. Me acerqué sin pensarlo porque se me pareció a San Jerónimo. Cuando caminé a su lado confirmé que no estaba equivocado. Es idéntico. Los ojos grandes y hundidos, la mirada lejana y seria, la blanca barba larga e hirsuta, el cuerpo enjuto y la mente en otro mundo. Tengo una querencia por ese Santo desde niño. Una persona que se retiró al desierto durante más de treinta años para traducir la biblia y ponerla al alcance del idioma de la gente, es conmovedor. Al verterla del griego y el hebreo en que estaba mayoritariamente escrita al cuenco inmenso del latín, San Jerónimo logró que el vulgo pudiera conocer el mensaje que traía y que antes era incomprensible para la mayoría. La vulgata, la llamaron, porque el vulgo, por fin, tenía la oportunidad de conocerla.
El óleo que, siglos después, pintara el Greco del paciente Santo, es quizás la imagen más exacta que tenemos suya. En él, se ve al erudito y ermitaño con su obra terminada. Manoseado por los poderes terrenales, el amor, en el mundo de la fe cristiana, siempre prevalece como un don incomparable. El amor al prójimo es sólo semejante al amor a sí mismo, según el clásico precepto de la redención esperada y prometida. Un poeta latino, dos siglos antes del advenimiento del crucificado, lo había resuelto de otra manera, pero con el mismo fondo: nada de lo humano me es ajeno.
He pensado en todo esto mientras me acercaba y después me alejaba del hombre sentado a su suerte en el piso de cemento. Aunque tuve la tentación no le di dinero. Apenas lo miré con respeto y con pena. Las dos cosas por igual. Este hombre no es el santo. Este hombre está sentado pobre y solo y quizás enfermo, y a punto de perder el juicio si no es que lo ha perdido ya. Y seguí mi camino preguntándome si la caridad cristiana solucionará los problemas sociales de los miles de ciudadanos derrotados de nuestra ciudad como lo declaran los más pudientes mientras atesoran con minucioso celo sus caudales. Y no, claro que no. La justicia social es un asunto de los seres humanos y es sólo a nosotros a quienes nos corresponde hacerla verdad, o estrangularla. Resulta fútil especular sobre la divina. Y rentable. La justicia divina es otra cosa, otra es su belleza, otro su influjo. La justicia divina es más propia de políticos fariseos en campaña o de sepulcros blanqueados, pero, al fin y al cabo, putrefactos.
