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El equívoco

Juan Carlos Bayona Vargas

31 de julio de 2026 - 02:19 p. m.

Caminando por las aceras de Bogotá, siempre pródigas en todo tipo de sorpresas, me encuentro de repente con un cartel de una institución universitaria que dice:

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Comprueba con nosotros el poder que te da la educación”.

Seguí caminando y escribí en mi mente esta columna casi de un solo tirón. Al llegar a mi casa corregí algunas cosas, y aquí está.

Lo primero que hay que decir es que la educación no da poder. Esa no puede ser su promesa. El poder se consigue con la fuerza, el dinero, las armas, la desvergüenza, o que uno sea un pícaro, o un astuto con pocos reatos de conciencia. Alguna de estas cosas, varias, o todas al mismo tiempo. Eso depende de otro montón de factores en los que no me puedo detener.

Es todo lo contrario: la educación relativiza el poder natural que nos configura como especie y que nos ha hecho estar permanentemente en guardia. Y no solo eso. La educación racionaliza el poder, lo somete a múltiples escrutinios y acuerdos y, sobre todo, a la bienhechora desembocadura del bien común. No para que no exista, sino para que pueda desasociarse de su automática acepción de dominio, de supremacía. Dulcificar el poder para que disuelva su original miedo y su humano egoísmo en un horizonte más amplio y utópico, donde el coraje de escuchar al otro equivalga al valor de respetarlo, es, en definitiva, el noble propósito educativo. El poder, bien mirado, es la antípoda de la persona educada y su influjo casi siempre se impone a como dé lugar.

Pese a lo anterior, creo entender a lo que se refiere el cartel, y no quisiera sacar la puerta de sus naturales goznes, pero tampoco creo que el explícito texto se deba reducir a una interpretación semántica de su mensaje. Me parece que hay un equívoco real en la promesa que anuncia y que veladamente, desde el ámbito privilegiado de la educación, no hace otra cosa distinta que reafirmar los valores del éxito y la increíble sociedad de islotes en la que nos hemos convertido.

Podría pasar que haya más de una desilusión si desde el principio la gente se educa para ser poderosa. O se les convoca para que lo sean. De hecho, para tener poder no hace falta educarse. Con alguna de las cosas que mencionaba antes, sobra y basta. Las instituciones educativas, desde el preescolar hasta el posdoctorado, tienen otro propósito: desactivar el poder en lo que tiene de arbitrario y de gratuito, y al hacerlo, entran en escena el conocimiento y la investigación, la ética pública y la tolerancia, las palabras y su carga simbólica, el diálogo como una de las formas más fértiles de aprendizaje.

¿Cómo hacerlo? En lo político, fortaleciendo y perfeccionando la democracia; en lo social, ampliando cada vez más la equidad; y en lo espiritual, preservando como un tesoro la libertad. Y todo ello se construye con el único antídoto que conozco para enfrentar el poder: la conquista de la autoridad y sus conjuntos. Se educa entonces para tener autoridad, que no poder. Una persona con autoridad no se parece a una persona con poder, porque llegar a tener autoridad es más complejo y mucho más profundo. A diferencia del poder, la autoridad no se impone, pues son las personas (pocas, miles o millones) quienes la otorgan, sin importar el rol que desempeñen.

No es posible tener autoridad sin conocimiento. Tampoco sin hablar con el ejemplo, y mucho menos sin un respaldo ético inequívoco. Claro, todo ello es más largo, pero es más hermoso y, lo mejor, mucho más duradero. De ahí que los estudiantes sigan reconociendo mucho tiempo después a los maestros que tuvieron autoridad sobre ellos, porque fueron ellos quienes justamente se la otorgaron. A los que solo tenían poder, los olvidaron al terminar la clase porque nunca les aprendieron nada. Quizás mucho antes.

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